Creo que todos hemos pensado alguna vez que no hace falta irse fuera de España para poder colaborar. Sin embargo, egoístamente y como jóvenes inquietos que somos, puede que nos apetezca ver o conocer otras situaciones, otros países, otra cultura… (a mí me ha pasado y he tenido varias experiencias de voluntariado internacional). Pues bien, este verano, y gracias a una gran amiga, he tenido la oportunidad de conocer una realidad cercana y a la vez…muy lejana.

Cercana, porque San Isidro de Níjar (Almería) tan solo se encuentra a unos 400 kms de distancia de Valencia (mi casa) pero, a la vez muy lejana, porque lo que allí viví, experimenté y conocí se encuentra lejos, muy lejos de nuestra realidad.

Se trata de una región dedicada a la agricultura en invernaderos, de un pueblo donde más de la mitad de la población es inmigrante y donde sus condiciones de vida distan, en muchos casos, de lo que nosotros consideramos, una vida digna. Allí, 6 hermanas, de la congregación de las Mercedarias de la Caridad, en su mayoría jubiladas, dedican su vida a velar porque la vida de todos ellos sea un poquito más fácil, y digo un poquito, no porque sea poco lo que hacen (escuela de español, taller, asistencia jurídica, banco de alimentos, pisos tutelados, acompañamiento, etc), sino porque hay tanto por hacer, que lo mucho se queda corto.

Mi estancia allí ha sido muy breve, apenas unos días y, por supuesto lo que he podido colaborar con ellas ha sido mínimo (debido a la falta de tiempo) sin embargo, ha sido suficiente para empaparme de esa realidad, para tomar conciencia, empatizar y poder ser “tus ojos en el mundo, tus labios, tus manos…” es por eso que no puedo guardarme lo que he vivido, quiero, mediante mi testimonio, acercar la situación que tantos inmigrantes viven en nuestro país.

Las situaciones que existen son múltiples y muy variadas. Es cierto que, por suerte, muchos de ellos lograron llegar a España y, digo suerte porque son muchos los mueren en el intento. Por suerte, algunos de ellos y, después de muchos años de esfuerzo y trabajo duro, han conseguido regularizar su situación, tener un empleo más o menos estable, vivir en unas condiciones más o menos dignas o tener cerca a su familia. Pero, y por desgracia, son muchos los que se encuentran duramente explotados (los que tienen la suerte de trabajar), muchos los que viven en condiciones infrahumanas, en asentamientos que construyen con sus propias manos (sin agua, sin luz, alejados de la población), donde una bicicleta y un teléfono se convierten en indispensables para poder trabajar. Y un sinfín de vidas que sería imposible relatar. Pero, y seguramente lo más importante, es que todos ellos son PERSONAS, que como tú y como yo, tienen y merecen el derecho a ser tratadas como tales. Es en este punto en el cual todos entramos a tomar parte, empezando por nuestro entorno, ya que no debemos eximir la responsabilidad de tratar al otro de igual a igual y de ayudar siempre al más necesitado.

Finalmente, no puedo terminar sin antes dedicar unas palabras de agradecimiento a esas 6 hermanas (“mamas”, como los inmigrantes las llaman) por abrir mis ojos y mi corazón, pero sobre todo por una vida dedicada a los demás. Gracias a Puri, Encarna, Francisca, Araceli, MªJosé y Paquita, y gracias a todas aquellas personas que entregan su vida por los demás.

Porque cuando alguien me pregunta…y tú, ¿crees en la Iglesia? ¿formas parte de ella? mi respuesta siempre es SÍ, y es que es gente como ellas (entre otros) hacen que me sienta orgullosa y por las que yo, me siento Iglesia.

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 Marita Serrano

 Dalit, Valencia