Se acabó el verano, un verano que sin duda alguna ha dejado muchos momentos para el recuerdo.

Mi verano empezó en el campo de trabajo, 15 días que fueron para mí, una explosión de sentimientos. Nada habría sido lo mismo si no hubiese sido por las personas, todas y cada una de ellas. Surgieron momentos especiales,   vivimos experiencias únicas, compartimos opiniones y formamos una familia… nuevos lazos de amistad irrompibles, y otros tantos se reforzaron aún más.

Y cuando eso ocurre, el verano que me había planteado de relax, playa y descanso no tenía sentido si no era con éstas personas. Fue en ese momento cuando empezó mi verano en Comunidad.

Si algo he aprendido, o más bien reaprendido este verano es que Dios nos da momentos, increíbles y a la vez tristes, pero momentos para compartir, para vivirlos al máximo.

Increíble para mí fue ir al campo de trabajo de Siena, increíble coincidir con tanta gente buena y de todas partes de la geografía española, cada uno de su padre y de su madre pero todos con un gran corazón. Y es que Dios envía a ese lugar a personas especiales yo lo tengo claro porque cada uno de ellos, en solo 15 días, me ha dejado algún tipo de huella.

La experiencia de Dios que yo he notado allí, la he visto a través de los ojos y las acciones de esas personas, de esa casa, de las montañas que nos rodeaban, del ambiente que se respiraba allí, de cada misa u oración, de los talleres, de cada charla, de cada abrazo, de los frailes… Pero también como he dicho antes Dios a veces nos da momentos tristes, ya que cuando llega el final de esa etapa increíble toca volver cada uno a su lugar de origen, toca abandonar todo aquello de lo que nos hemos nutrido durante 15 días, toca empezar a utilizar los recuerdos y a guardarlos en nuestro interior como si fuesen tesoros, toca sentir esa pena generalizada que no te deja volver a empezar tu rutina porque sientes que algo te falta…

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Pero el verano no acababa ahí, aun esperaba mucho más a la vuelta de la esquina: viajes preparados con antelación o improvisados, esperados o de sorpresa… daba igual el cómo, lo importante es que estuviésemos juntos. Nos negamos a echarnos de menos y  estábamos dispuestos a recorrer los kilómetros que fuesen necesarios, para volver a sentir esa “sensación” tan mágica que se crea cuando nos juntamos y de la que creo, que nos hemos hecho adictos.

Con la llegada de agosto, igual que hoy me veo escribiendo estas líneas,  sin pensarlo y dando un salto al vacío decidí darme a conocer a un grupo de gente de diferentes sitios (Valencia, Sevilla, Oviedo..) que vinieron unos días a Sagunto a seguir pasando momentos en comunidad. En un primer momento siempre tienes la incertidumbre sobre qué es lo que va a pasar, si vas a encajar o, por el contrario, no vas a caer muy bien, si la gente va a estar abierta a conocerte, si volverás a repetir, y un sinfín de dudas más. Todavía recuerdo ese momento en el que sin darme cuenta ya era una más entre todos. No hay prejuicios sino solamente ganas de descubrir, conocer y pasar tiempo con gente diferente y es eso lo que para mí hace que la palabra comunidad tenga sentido en nuestro día a día y lo que, al mismo tiempo, hace crear esa magia que sentimos cada uno de nosotros en los momentos que pasamos juntos pero que no se rompe cuando tenemos que separarnos.

Qué decir de los abrazos inesperados en un momento cualquiera, de los besos sin pedirlos, de las caras de alegría al vernos de nuevo pero también las caritas de tristeza cuando nos despedimos, de las risas con alguien que apenas acabas de conocer pero que pueden acabar convirtiéndose en lo mejor del día, un gesto cualquiera, una mirada sin más. Todo eso es lo que me hace pensar que los momentos en comunidad son alucinantes, y creo que aún me quedo corta.

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Valencia, Oviedo, Bilbao y Sevilla… han sido nuestros destinos y el verano termina y me siento afortunada de poder decir que en Sagunto está en mi casa, pero mi hogar… mi hogar es dónde esté con ellos. Ahora,  todos acabamos el día con un “bona nit”, el cachopo y la sidra son la combinación perfecta para una noche, nos sabemos alguna canción de “El Barrio” y nos despedimos con un “agur”.

Me gusta pensar que esto es solo el principio de algo muy grande. Estos encuentros espontáneos me recuerdan que nunca voy a estar sola y si Dios ha puesto a estas personas en mi camino es por algo. Amistades tan puras y llenas de amor, que reafirman mi Fe y dan sentido a mi vida.

Tengo la esperanza de que, en cada uno de ellos, echemos en falta a menos gente y seamos cada vez más. Aún  quedan muchos lugares y personas por visitar.

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Porque aunque haya habido momentos tristes de despedidas, Dios es sabio y poco a poco voy intentando entender su mensaje y es que, si todos estuviésemos en el mismo lugar siempre, ¿quién se encargaría de predicar por cada rincón de la Tierra? Si solo nos dedicásemos a sembrar en un solo sitio, el resto estaría desierto y para mí, Siena, Valencia, Oviedo, Sevilla, Bilbao… todos esos sitios y momentos son como un oasis en medio de un desierto,  sitios donde paramos agotados, vacíos y sedientos de Dios, y donde tenemos la oportunidad de coger fuerzas de nuevo y seguir nuestro camino, nuestra misión sea donde sea a donde nos toque llevarla a cabo. Y eso para mí es lo increíble de todo, el privilegio de ser una de las que disfrute de esos oasis y con vosotros a mi lado.

Porque es verdad eso de que el verano tiene algo especial. Y es que ahora que se ha acabado, tan solo podemos echar la vista atrás y dar las gracias. Gracias, porque han sido 93 días de momentos inolvidables en los que hemos tenido la fortuna de poder tenernos más cerca de lo habitual.

Momentos en los que hemos reído, en los que hemos llorado, en los que hemos aprendido y en los que hemos descubierto, tanto a los demás como a nosotros mismos.

Gracias, porque esos momentos están llenos de personas, de personas maravillosas que en todo momento han estado dispuestas a mostrar lo mejor de sí mismas. Y es que hemos comprobado que lo importante no es el lugar, sino las personas que te rodean. Pues han sido cientos y cientos de kilómetros los que nos hemos recorrido, y allá donde hemos estado siempre surgía esa magia tan especial que, sin duda alguna, a mi parecer, caracteriza a la gente de esta comunidad, de este movimiento, de este carisma.

Gracias a todos los que formáis parte de esto por vuestra valentía, por ser capaces de entregaros a los demás sin esperar nada a cambio. Por las sonrisas, por los abrazos, por esas conversaciones que despiertan algo en ti, por darme ganas de vivir y de arriesgarme. Y es que vosotros, sois la sal que sala y la luz que ilumina este mundo.

Gracias a Dios y a vosotros, gracias por vivirnos este verano en comunidad.

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