Hace dos años me senté con el mismo reto que me pongo hoy por delante y sí sigo sintiendo vértigo al ponerme delante del papel y tener que desnudar mi alma y mis sentimientos pero con una diferencia y es que, ya no soy la misma desde la primera carta.

Aquellas palabras que escribí hoy siguen resonando en mi cabeza, pero como bien he dicho antes yo ya no soy la misma y es que el tiempo cambia, nos transformamos y seguimos avanzando… Seguro que alguno de vosotros ya os estáis preguntando ¿ha dejado de estar enamorada? ¿se ha roto la magia? ¿qué quiere decirnos con estas palabras de que ya no es la misma? Pues para todo hay una respuesta.

En estos dos años como toda enamorada he pasado por diferentes etapas, algunas mejores, otras regulares, de crisis… pero a fin de cuenta etapas que suman y no restan, tanto es así que el amor también madura, se vuelve más consciente y llega justo a ese momento en el que te preguntas si sigues, te paras o lo dejas. Palabras duras, ¿verdad?

Madurar, cambiar, transformar, suena a veces a miedo y a incertidumbre, a tener que volver a reformular en tu cabeza las preguntas que antes contestábamos sin pensar, pero también suenan a reto, a nuevas metas, sueños y fe, esa palabra que sigue quedando escondida y que de vez en cuando hay que ponerla encima de la mesa.

Cuando escuchamos palabras como Dios, Jesús, Evangelio, es como si se nos cortara la respiración de repente, como si el pánico nos fuera a invadir de un momento a otro y de repente cuando te paras a pensarlo es como calma y paz interior, pues bien como enamorada tengo mi propia teoría…y es que nos pasa lo mismo que cuando de pequeños  nos decían que vamos a estar sentados  o vamos a salir a dar una vuelta con aquel chico o chica que nos gusta tanto, los nervios de saber qué ocurrirá se apoderan de nosotros, pero después cuando se va sucediendo llega la tranquilidad, el disfrutar cada momento y cada minuto al lado de esa persona. Lo mismo pasa con Dios, de ahí el símil también de que Dios es amor y esto cabe así en nuestra cabeza porque a pesar de los miedos, los nervios, los que dirán y los tropiezos, esa tranquilidad que nos entra después, es sólo porque al pensar en él recordamos las de veces que nos ha tendido su mano, las veces que el camino se ha dispuesto de una manera u otra para percatarnos de que tenía que ser así para comprender, para aprender, para enseñarnos misericordia, compasión, entrega, luz y vida…pero nadie dijo que fuera fácil, a veces hay que renunciar a cosas e incluso a personas de alrededor porque no llegan a comprender la maravillosa aventura que es el intentar vivir y predicar su palabra.

VALENTÍA, tendríamos que escribírnosla con fuego en nuestra mente, pocas personas se atreven a buscar en ella el sentido que muchos como Santo Domingo de Guzmán o sin irnos tan lejos muchos de los frailes, monjas o laicos hacen de su elección de vida, la entrega por este amor. Renuncian pero ganan, pierden cosas pero suman en otras y es que son un ejemplo de admirar por la superación de cada obstáculo y decir que sí pese lo que pese. No por ello estoy diciendo ni llamando a que la vocación tenga que ir por ahí, pues a cada uno nos llama por un camino diferente, pero sí que comprendamos que son personas que eligen un estilo de vida que yo personalmente admiro porque me hace sacar a la luz valores que no solo quedan escrito en los libros o en la biblia, sino que son reales como la lucha, el sacrificio, el perdón y así  podría escribir una larga lista.

 Los estudios, trabajo, familia, amigos… si somos capaces de ser valientes en todos estos ámbitos, ¿por qué no sumar también el de la Fe?

Los jóvenes, también nos caracterizamos por este adjetivo de valentía, de lucha y REVOLUCIONARIOS en muchos aspectos de nuestras vidas, en los estudios, trabajo, familia, amigos…, pero yo quiero llegar a un paso más: si somos capaces en todos estos ámbitos, ¿por qué no sumar también el de la Fe? ¿o es que aquí sí que hay que esconderse y no podemos profesar ese amor que podemos sentir? Creo sinceramente que tenemos esa bonita capacidad de enamorarnos y de entregarnos como si fuera que se nos va la vida, haciendo gestos y acciones que son tan desapercibidas que quizás pasen por alto pero que te llenan y te engrandecen. Que una niña le entregue a su maestra una pequeña flor, puede ser un gesto tan simple pero lleno en su totalidad de significado por ambas partes, la pequeña se siente amada y la maestra recompensada por su entrega día a día.

Y ahora respondiendo a las preguntas que seguramente estaban pasando por tu cabeza cuando empecé a escribir la carta es que yo sigo diciendo que SÍ, que sigo enamorada y con un amor cada vez más maduro, con la comprensión de que existen días mejores y peores, etapas, pero ante todo que sigo con mi fe, buscando respuesta a todo, sumando momentos, experiencias, admirando a los que me rodean, nutriéndome de ellos, de los valores y buscando ser revolucionaria en todos los sentidos de mi vida, por eso te tienes que preguntar, ¿quién eres? ¿qué quieres ser? ¿te sumarías también a esta revolución?

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