En los estudios de Historia del Arte, se estudia la figura de Fra Angélico como uno de los máximos exponentes del primer renacimiento italiano, el quattrocento, por ser uno de los primeros pintores religiosos que dio el salto desde el gótico tardío a las nuevas formas pictóricas, al usar de la perspectiva, transmitir emociones, y comenzar a acercarse a un cierto naturalismo en su arte alejado del hieratismo medieval. Pues bien, aunque siempre se menciona de pasada, fra Angélico, fue fraile dominico.

La vida del beato fray Juan de Fiésole, nacido en torno al año 1400 cerca de Vicchio, en Mugello (en la Toscana italiana), se desenvolvió toda ella en dos ambientes complementarios: el conventual y el artístico.

Tras un siglo XIV en el que la vida religiosa y de predicación de los frailes había dejado mucho que desear, hubo todo un movimiento de reforma en la Orden para volver a una vida de oración y predicación auténtica. El beato Juan Dominici fue uno de los principales valedores de esa reforma, y a él conoció nuestro Fra Angélico, quedando fascinado por el ideal dominicano de contemplación, estudio, comunidad y predicación. Entró en la Orden en 1420, en el nuevo convento de Santo Domingo, en Fiésole, en la periferia de Florencia, donde el dicho beato Juan Dominici trataba de volver al ideal de la vida dominicana.

Allí alterna la vida de observancia regular y de estudio con su innata vocación artística, y en el mismo convento creó un taller y estudio de arte, entendiendo pronto que su pintura podía ser un magnífico medio de predicación, y que con ella podría transmitir el mensaje y la experiencia del Dios de Jesús de Nazaret.

De allí se traslada a la nueva comunidad dominicana de San Marcos de Florencia, en la que era prior San Antonino de Florencia, insigne moralista y profesor, cuya Suma de Moral le brinda el marco doctrinal (junto a la Suma de Santo Tomás) de su magisterio teológico-artístico. En este segundo período florentino (hasta 1445) sus obras se multiplican, siendo el tiempo más fecundo de su trabajo, y dejándonos los frescos que decoran todo el convento: los célebres frescos del «Claustro», la «Sala Capitular», los «Pasillos» y la «Celdas» de San Marcos.

En 1445, el Papa Eugenio IV lo llama a Roma para que se haga cargo de la decoración de la Capilla, hoy desaparecida, del Smo. Sacramento en la basílica de San Pedro. Estando allí, le propusieron nombrarle Arzobispo de Florencia, pero él declinó a favor de su prior, san Antonino.

Regresa a Fiésole, donde lo eligen prior del convento en 1450, pero allí no acepta ya nuevos encargos. Tres años después regresa de nuevo a Roma, al convento de la Minerva, llamado por el cardenal Torquemada para decorar el claustro. En ese convento fallece el 18 de febrero de 1455. Su cuerpo fue enterrado en la nave izquierda, junto al presbiterio. Una remodelación moderna, a modo de «Capilla del Beato Angélico», acoge la austera lápida de mármol blanco en que se talló su efigie-retrato y una inscripción de caracteres góticos que reza así: Aquí yace el venerable pintor fray Juan de Florencia de la Orden de Predicadores, 1455.

Del beato fra Angélico, llamado así por la capacidad de mostrar en sus obras una espiritualidad y una profundidad religiosa fascinante, podemos aprender que la predicación se vale de cualquier medio para hacer llegar el mensaje y la experiencia de la Palabra de Dios, y es que Dios siempre se vale de nosotros mismos, nuestros dones, nuestras capacidades, y nuestras habilidades, nunca irá contra nuestro propio ser, por el contrario, es este un don de Dios que poner al servicio de la misión.

También fra Angélico nos vale para resaltar algo que siempre ha estado en la tradición dominicana, la proximidad de ésta al mundo de la cultura y a los nuevos tiempos que van apareciendo, aprovechándolos y viéndolos con toda la carga positiva que tienen, y no despreciándolos nunca por ser “cosas nuevas”, por el contrario, aprovechando lo que tienen siempre de actualidad para hacer llegar a las gentes de cada época el Evangelio, la Buena Noticia de Jesús de Nazaret.