Daniel vivía en una aldea donde había muchas personas mayores y menos personas jóvenes. Él veía día tras día el sufrimiento de esos mayores que no podían hacer tareas ni de campo ni de la casa, causándoles un sentimiento de impotencia. Por otra parte los jóvenes estaban hartos de cuidar de sus mayores y de ver como no hacían nada, así que un día la aldea se reunió en asamblea y decidió echar a los mayores de ésta para que viviesen en otra aldea abandonada cerca de allí. Daniel se acercó a despedirlos con tristeza por esas grandes historias y cuentos que ellos le habían contado desde que era pequeño. A medida que pasaba el tiempo, la aldea de los jóvenes siguió su vida aunque comenzaron a sentir tristeza por la falta de sus parientes y amigos mayores. Al tiempo, los jóvenes vieron que era propicio crear un nuevo riachuelo que diese paso para regar arados, así que comenzaron con su construcción, la cual bordeaba la aldea en círculo. Cuando lo hubieron terminado se entusiasmaron por tener un mejor regadío en sus campos, pero, de repente, uno de los contrafuertes falló porque no estaba bien, aunque ellos habían seguido al dedillo el plano que habían dibujado los mayores. Todos se pusieron nerviosos porque sabían que si empezaban a soltar todos los contrafuertes, el río se desbordaría y se llevaría la aldea por delante. Fue entonces cuando Daniel, que lo había estado observando todo, se acordó de lo que dijeron una vez sobre ello el consejo de sabios mayores. Cogió un caballo y se apresuró a la aldea de los mayores donde observó lo bien decorada y habilitada que estaba. Todos vivían cómodamente. Se acercó a los sabios que estaban sentados y les contó lo sucedido. Los sabios, con un arrebato de orgullo, se negaron a darle solución, pero Daniel les aclaró que si no le ayudaban, toda la aldea sería arrasada por el agua. Esto hizo que todos se enternecieran y empezaran a lucubrar sobre qué hacer. Luego, uno de los sabios se acercó con una llave a una pequeña cabaña con libros manuscritos, los cuales habían tirado a la basura los jóvenes, y sacó un pergamino que describía a la perfección cómo darle remedio al problema, así que se lo entregó a Daniel y todos los sabios le desearon suerte mientras le despedían.
Cuando Daniel llegó a la aldea vio los contrafuertes muy debilitados por la fuerza del agua, así que se apresuró a explicarles con el pergamino a los jóvenes la solución del problema. Todos se abrazaron entre lágrima de alegría y mientras tanto, Daniel se subía a una colina a contarles por qué había sido posible, que viajó a la otra aldea, que los mayores le dieron su ayuda y que sin ellos ahora la aldea estaría arrasada por el agua. De nuevo, los jóvenes se pusieron a llorar, pero esta vez fue porque le invadían sentimientos de tristeza y culpabilidad por haber echado a sus familiares y amigos cuando nunca se habían sentido bien con esa decisión. Toda la aldea de jóvenes viajó a la aldea de los mayores para pedirles perdón por lo sucedido y suplicarles que volvieran, pero aunque ellos les perdonaban por lo ocurrido, no deseaban volver a la otra aldea para que volviese el malestar general. Así que propusieron que se hiciese un camino para acortar el trayecto de una aldea a otra y que ese camino sirviese para visitarlos, para que los jóvenes aprendiesen de los mayores y comenzasen a valorar las cosas que tienen en esta vida.

<strong>Álvaro Barragán</strong>
Álvaro BarragánLa Pechá