Tras haber vivido los encuentros de la Pastoral Juvenil Vocacional en Los Molinos (Madrid), y el del Movimiento Juvenil Dominicano en Valencia, el MJD se volvió a reunir esta Semana Santa para celebrar la ya conocida Pascua Rural.

Me presento. Me llamo Pablo, tengo 19 años, y esta era la primera Pascua Rural a la que asistía. Fue muy emocionante ver cómo este sueño se hacía realidad, cómo se acercaba el día en el que por fin nos encontraríamos los más de 40 jóvenes que llevaríamos la alegría de la Pascua a los pueblos cercanos a Caleruega.

Tras los reencuentros y las primeras presentaciones, y una cena llena de risas, tuvimos nuestra primera oración todos juntos. Una oración de envío, un soplo del Espíritu vivo, una llamada a la alegría. Y desde ese momento nos acompañó nuestro particular espejo, que estaría con nosotros durante toda la semana, para poder mirar nuestra mirada, siendo conscientes de que en ella se tiene que reflejar  la mirada de Cristo. Poco después, llegó el ansiado momento de la distribución de pueblos. ¿Cuál sería mi comunidad?, ¿con qué gente compartiría pueblo, albergue, y vida? CALERUEGA, este fue mi destino. Y tuve la suerte de poder coincidir con otras 6 personas maravillosas (Gracias ya por adelantado). Todos se fueron, y allí nos quedamos nosotros, los 7 de Caleruega, sin saber bien qué decir, y sin embargo, dispuestos a dar todo de nosotros.

Y llegó el Jueves Santo. Comenzamos con una oración junto a las hermanas dominicas de clausura, y tuvimos la suerte de poder pasar un rato con ellas. A continuación, disfrutamos de un taller impartido por Almudena y Rosabel (Grupo Espiga – Sagunto), sobre el Dios PADRE, cómo Él se hace presente en este día del amor fraterno, y cómo acercarnos a Él por medio de una oración tan sencilla como el Padre Nuestro.

Es cierto que, aunque dormíamos en Caleruega, celebrábamos en Espinosa de Cervera, con Fray Jesús Espeja O.P., que fue capaz de contagiarnos toda su vitalidad y juventud. El recibimiento del pueblo, la acogida, la participación de todos hizo del lavatorio de manos (no de pies, para que todo el pueblo pudiera participar) algo increíble, un gesto precioso de amor y compasión.

De vuelta en Caleruega, tuvimos otro momento de orar juntos, la Hora Santa. Personalmente, no hubo mejor manera de comenzar este camino. Momento de oración, de silencio, de escucha y de confianza en el Padre. Fue el pistoletazo de salida a una experiencia increíble.

Viernes Santo; día aún más cargado de emociones. El taller de la mañana fue impartido por Isabel (Hermana Dominica de la Enseñanza Inmaculada Concepción), sobre Dios HIJO y las cruces del mundo,  donde tuvimos que construir una cruz formada por pedazos de nuestras propias cruces, y pudimos contemplar que el besar la cruz solo cobra pleno sentido si en el día a día somos capaces de llevar las cruces de nuestros hermanos. Pero no acaba aquí. La organización había preparado un taller de confianza. Dejarse llevar a ciegas por todo el convento, correr con los ojos cerrados por sus pasillos, pudiendo crecer en familia y aumentando nuestra confianza. De la celebración de esa tarde, destacar el clima de recogimiento que se vivía. (Y que tuve que predicar durante la Pasión, menuda responsabilidad).

Esa noche disfrutamos de un acto penitencial  muy gratificante. Nos pusimos unos tapones para poder hacer silencio interior, y cogimos una piedra como símbolo del peso del que te desprendes tras recibir el perdón. Gracias, porque fue un momento que me llenó de Paz para poder vivir lo mejor del Cristianismo.

El Sábado Santo fue un día de espera, un día de desierto. Y eso pudimos vivir gracias al taller de los Rafas (Grupo Chipos – Valencia), sobre el Dios ESPÍRITU, sobre cómo actuó en nuestro pasado, liberándonos de nuestras ataduras, y cómo sigue actuando en el presente y sabemos que actuará en el futuro. El desierto fue un momento de encuentro con una pareja, donde contemplábamos el Sábado desde el punto de vista de los apóstoles, los fariseos, María, Jesús, y cómo nos interpola a nosotros en nuestra vida, cómo nos encontramos en este momento para vivir la resurrección.

Por la tarde, pudimos compartir un café y unas tartas en la casa de las Hermanas dominicas, y pudimos vivir un poco de su día a día junto a ellas. Fue muy especial, y es muy reconfortante saber que ahora ellas siguen rezando por todos nosotros.

Y llegó el momento esperado, la Vigilia Pascual. Fue toda una responsabilidad cantar el Pregón Pascual, pero toda una declaración de la alegría de la Resurrección. La bendición del fuego, la bendición del agua, la alegría de felicitarse la Pascua, y la fiesta que se montó en la iglesia cantando ‘Hoy el Señor resucitó’ hicieron de esa celebración una alegría que nos inundó durante toda la noche.

Y por último, pero no menos importante, el Domingo de Resurrección, participando de la Procesión del encuentro entre la Virgen y su hijo resucitado, y el momento de la emotiva despedida y agradecimiento al pueblo por haber participado juntos de la alegría pascual. Gracias, Espinosa de Cervera, porque habéis conseguido que viva la Pascua de una manera como nunca antes. Y, siguiendo con despedidas, las de la gente que ya iba marchando a sus casas a descansar y felicitar la Pascua a la familia.

Ahora, solo me queda seguir agradeciendo a todo el MJD por hacer este encuentro posible, a todos los ponentes, por vuestras lecciones de amor, a toda mi comunidad de Caleruega, por hacerme sentir en casa, a los frailes por abrirnos su casa, y a Dios, por resucitar y por reunirnos para seguir celebrándolo. No tengo palabras.

Espero que esta sea la primera de muchas. FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN.

Firma-Pablo-Añorbe