Estamos asistiendo a un tiempo agitado y de profundos cambios y uno de los generadores más potentes de esta transformación ha sido, en los últimos años, el movimiento feminista. Esa corriente nacida desde distintas tradiciones filosóficas y políticas ha provisto nuestra comprensión del mundo de metodologías, de marcos de análisis y de herramientas críticas. El resultado es que han logrado revolucionar nuestros modos de pensar y de comprender las relaciones personales y políticas.

Somos una orden religiosa, una gran familia, a la que el feminismo siempre le ha sentado muy bien. Está en nuestros propios orígenes. Domingo de Guzmán tras sus viajes desde Castilla hasta las Marcas y su vida compartida entre los albigenses y cátaros se sintió interpelado por un modo de concebir lo humano, a Dios, y las propias relaciones con la iglesia. Sus estudios teológicos, su vida orante y el compromiso hacia las personas más pobres y sufrientes le permitió plantear la diferencia. Una de estas claves distintivas brotaba de su propia mirada hacia Dios. Para Domingo se trataba de una realidad con la que se podía entablar una profunda amistad. De ahí que, más tarde, a los frailes y monjas se les conociera como predicadores de la Gracia.

El feminismo trata también de amistad. De la posibilidad de reconocer diversidad y de amar no lo que nos separa, sino lo que nos relaciona a los unos con las otras. Estas claves se han incorporado al estudio de las teologías feministas. Su variedad y creatividad nos han hecho caer en la cuenta de que el ejercicio de interpretación, de cualquier actividad científica, entra las que se incluye también las teologías feministas, es una tarea especialmente de aprecio, de profundización y de escucha de las realidades sufrientes.

La espiritualidad dominicana nos ha impulsado siempre hacia la salida y a recorrer las periferias tanto las físicas como las cognitivas. Compartimos esta misión con las teologías feministas ya que también se encargan de desplazar nuestras comprensiones estáticas y de movilizar los marcos de pensamiento naturalizados o esencialistas. Para ello, recurren a claves éticas y políticas como son la corporalidad, la materialidad de la vida o el cuidado. Al mismo tiempo también compartimos una antropología positiva y esperanzada que nos lleva a tener una mirada afinada para descubrir las estructuras económicas, culturales y eclesiales que crean desigualdad, abuso o violencia.

La verdad venga de donde venga, nos recordó nuestro hermano Tomás de Aquino y Catalina de Siena apuntó también se halle donde se halle. Por ello, la teología feminista elaborada desde la mirada dominicana nos habla del deseo por la verdad. Eso supone estar vigilantes para que las distintas racionalidades no se tornen inflexibles, sino capaces de diálogo y encuentro. Así, las teologías feministas nos recuerdan que el estudio de lo conocido y de lo que aún no ha sido transitado es además de una tarea cognitiva necesaria es, especialmente, un modo contemplativo de ser y de incendiar el mundo. La Orden será feminista o no será.

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