Este fin de semana se celebró el encuentro de PJV bajo el lema “Amigos y enviados”… Si tuviera que explicaros o que es la Amistad habría muchos dependes y muy pocos totalmente… así que permitidme, una vez más que os cuente mi experiencia. Tengo 35 años y he tenido/tengo muchas amistades.

Unas siguen como el primer día, otras se extinguieron, y otras son más fuertes. Soy una persona que le encanta tener amigos, y a la que no le cuesta conocer gente. Sé de qué hablo cuando digo que hay amigos de toda la vida que no darían un duro por mí y de amigos de apenas un rato que aparecen cuando más falta me hacen. He tenido relaciones que han acabado en una hermosa amistad, y relaciones de amor eterno que han acabado huyendo y desterrándome por completo de sus vidas. Cuando pensamos en nuestras amistades siempre nos vienen las malas primero, las que dejan cicatriz, que no huella, y nos damos cuenta de lo que duele lo que no sana correctamente. Tanto es así que nos olvidamos de los que están ahí, desde siempre, apoyándonos, y es importante recordarlos también. Que este artículo me sirva de ejercicio, porque si lo pienso soy un hombre afortunado de tener los amigos que tengo.

Pensaréis que por qué esta introducción que nada tiene que ver con el encuentro… permitidme que os lo cuente. No puedo hablar de mi experiencia en este encuentro sin poneros en antecedentes. Seguro que cada uno, desde su realidad y sus circunstancias ha vivido este encuentro de una manera. Yo atesoro cada convivencia en mi memoria  como quien atesora una fortuna, y tendrían que tener una caja fuerte muy grande para equipararse a lo que yo recibo. La Biblia dice “quien tiene un amigo tiene un tesoro”. Para mí estas palabras se quedan cortas. ¿Por qué? No hemos hecho nada especial; como cada encuentro, nos fuimos saludando conforme llegamos, nos pusimos al día los conocidos y nos presentamos a los nuevos. Hicimos dinámicas de bienvenida, juegos.  Y día siguiente. Desayuno en común, taller, descanso y más taller. Entra hambre, comemos. Taller de tarde, vigilia (con lágrimas de algunos, alegría de otros y uno que llegó a roncar provocando risas ahogadas). Domingo de taller con sueño (como siempre), misa con gesto de paz de abrazos interminables (si nos vamos a volver a abrazar en un rato…), última comida y ya está. Despedidas y hasta otra.

Nada que no haya hecho en otros grupos, con otros amigos. Pero aquí existe “algo” que marca una diferencia, para mí es algo que solo he sentido aquí, en Jóvenes Dominicos. Y he hecho muchas cosas con montones de amigos, casi hermanos, pero no es lo mismo. Y siento ese algo como un vínculo externo al ser humano, que nos unifica y nos eleva. Yo siento como si mi espíritu se elevara muy alto, la verdad es que es difícil de explicar… sólo sé que las amistades que se fraguan en el MJD para mí no son un tesoro, a mí me dan la vida. Porque un whatsapp desde el coche saludándome porque no pueden esperar a llegar me da literalmente la vida. Porque la que fui derrochando por el camino, o quizás regalando a quién no debía, me la devuelven en el primer abrazo del viernes. Porque cuando ni yo mismo me amo, ellos lo hacen…

Y porque cuando mi Fe flaquea, cuando las dudas vienen, cuando creo que no estoy en el camino porque me rechina lo que antes me alegraba, cuando creo que estoy alejándome de Dios, ellos me traen de vuelta. Porque transforman mis lágrimas de dolor en lágrimas de esperanza…  Decidme ¿qué tesoro de este mundo puede darte eso?

No es un encuentro especial, pero si se vive de manera especial y ahí amigo mío solo puedes comprobarlo viniendo a uno y experimentándolo. Te propongo un reto…

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