Parece que hay trabajos o profesiones en las que uno tiene más fácil eso de dar testimonio o hacer el bien.

Pensamos en un médico, que puede irse al mal llamado “tercer mundo” a ayudar a los demás. Se nos viene a la mente que uno puede predicar más fácilmente si es profesor de religión que si trabaja en una compañía de seguros.

¿Por qué digo esto? Porque al final la predicación no es ponerte a hablar de Dios. No me imagino a una recepcionista de una oficina: “Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle? ¿Conoce usted a Jesús?” No creo que eso sea predicar. No se predica hablando, se predica viviendo.

Yo, que tengo la suerte de ser profesora, paso el día con mucha gente que está aprendiendo todo del mundo. Y si quiero llegar a ellos, no es soltándoles un rollo. Eso se olvida, no cala. Lo que intento es mostrar con mis actos aquello en lo que creo. Trato de mostrar que en la vida es más fácil y gratificante ir por las buenas que por las malas, que se consigue más con palabras que con puños. Suena más fácil de lo que es, eso es cierto.

De todas formas, muy a menudo, la vida se encarga de mostrarte el modo de llegar a otros, sin darte cuenta.

Desde que empecé a escribir esto hasta ahora que lo termino, ha ocurrido precisamente eso. Yo comenzaba el curso buscando trabajo y al poco tiempo se me ofreció la oportunidad de trabajar de educadora en apoyo escolar. Llámalo destino o providencia, el de arriba algo tendría que ver… Pero yo que me hallaba dándole vueltas a cómo predicaba me tropiezo con un lugar donde hacerlo sin darme cuenta.

No hay un escenario concreto ni unas características idóneas donde puedas mostrar a otros el Mensaje. Hay predisposición, ganas e incluso necesidad.

Hace poco un amigo decía que hoy se nos vende constantemente el Carpe Diem, el “sólo vivimos una vez”. Pues es cierto, pero puesto que es así, hagamos que nuestra vida merezca la pena.

<strong>Teresa Hernández</strong>
Teresa HernándezEl Olivar