El pasado día 2 de mayo celebrábamos la fiesta de la “invención” de la Cruz, que si bien no es propiamente litúrgica -quedó suprimida tras el Concilio Vaticano II dejando exclusivamente la Fiesta de la Cruz del 14 de septiembre-, es una fiesta de raigambre popular extraordinaria, con muchísimos lugares de España, de Europa y de América en la que se celebra.

Esta fiesta pretendía hacer memoria del encuentro -la invención en latín- por santa Helena, la madre de Constantino, de la Vera-Cruz en Jerusalén. Hoy, como ya decía, tal fiesta se celebra en septiembre, pero hay ciertas fiestas que están tan dentro del patrimonio popular, que tienen entidad por si solas, al margen de las decisiones litúrgicas eclesiales y casi más allá de su significado religioso.

Y ello tanto porque es una clave humana la de la celebración y la fiesta, -sobre todo unida a momentos importantes del año como este de la primavera que se derrama por todos lados-, cuanto porque los orígenes de esta fiesta se remontan al mundo precristiano, donde casi en todas las civilizaciones antiguas hay una celebración en torno al comienzo de mayo exaltando la primavera que ya despliega todo su ser. Fenicios, griegos, romanos, celtas… todos ellos tenían en estos días celebraciones religiosas y populares. Y tantos siglos celebrando algo, no es fácil, cambiarlo…

Los celtas por ejemplo celebraban la fiesta de Beltane, del dios Bel, el dios del fuego, siendo la que marcaba el comienzo de la temporada en la que el ganado se llevaban hacia los pastos de verano y a las tierras de las montañas. Una de las principales actividades de la festividad consistía en encender hogueras en las montañas, la otra era plantar un árbol, un madero, un tronco adornado de flores en el centro de los poblados, al rededor del que se hacían bailes y competiciones. Aún hoy en irlandés moderno el mes de mayo es el mes de Bealtaine y este día es conocido como La Bealtaine. También en el escocés moderno, el gaélico, este día es llamado “el día amarillo de Bealtain”.

En la Hispania romana -mezclando las tradiciones celtas con las propiamente romanas- en estos días se adoraba a la diosa Bona Dea también llamada Maya, la diosa de la fertilidad en la mitología romana, celebrando con ella la llegada de la primavera. La fiesta se extendió por todo el imperio romano, siendo la maya o el mayo ese palo alto, el árbol de mayo, decorado con flores y cintas… cosa que aún en algunas regiones de Europa se hace, plantándolo en la plaza o lugar público, con bailes y fiestas a su alrededor.

De su cristianización no hay datos claros de cuándo o cómo fue, pero ya en la alta edad media -entre los godos, en sus leyes del siglo VII, en el leccionario de Silos del siglo VI, en sínodos en torno al final del siglo V- se la menciona como una de la fiestas principales de todo el año, repito, que con la idea de fondo de la Iglesia de cristianizar, convertir fiestas especialmente señeras del mundo pagano en fiestas importantes de la fe, convirtiendo el mayo-árbol, en mayo-cruz, y así llevando a cabo ese proceso de la inculturación de la fe, que ha sido siempre central en el proceso de su transmisión y comprensión, intentando con ello hacer que las gentes de distintas culturas viviesen el sentido profundo, teológico, de la cruz.

El árbol de la cruz es un árbol de vida, de vida en plenitud, el paso imprescindible para la vida de verdad

Y es que hay que reconocer que a primera vista, pareciera que en esta fiesta va por un lado el sentido popular, con las flores, la primavera, la fiesta y el baile -así se celebra al menos en los lugares que yo conozco-, y por otro lado el sentido teológico de la cruz como instrumento de redención… pero quizás sólo sea a primera vista, o más bien, pareciera así si la cruz se viese solamente con el sentido de instrumento de muerte y dolor… pero la cruz, y más aún en este tiempo Pascual, no es solamente un símbolo de tortura, de dolor, de muerte… por contra el árbol de la cruz es un árbol de vida, de vida en plenitud, el paso imprescindible para la vida de verdad.

El sentido de la cruz tradicionalmente ha sido el de la mortificación, el de los dolores, la pasión y el sufrimiento. Y evidentemente tal carga está, es no sólo innegable, sino además irrenunciable. No hay vida sin sufrimiento, sin entrega, sin dolor. Los sufrimientos son connaturales a toda vida. Los trabajos de los días siempre llevan consigo esfuerzo, sacrificios. La condición de cristianos de poner a los otros, sus necesidades, su situación, sus procesos de fe por encima de uno mismo, de la propia situación, de las propias inclinaciones, pareceres, gustos o apetencias, es central para la vida de la fe. Vivir en cristiano es renunciar a uno mismo para llevar vida a los demás. Un cristiano, si quiere serlo de verdad, termina viéndose siempre en la tesitura de tener que colocar a los otros por encima de sí mismo. Los apóstoles lo supieron bien y por éso la tradición nos los representa a todos como mártires. No es el discípulo mayor que el maestro, y nosotros seguimos al crucificado…

Pero la cruz tiene la otra faz. Junto a la del dolor y el sacrificio, está la de la vida, la pascua, la luz, las flores, la primavera. Es la cruz de mayo, la cruz de la alegría, el regocijo, de la vida en mayúsculas, la de la vida como resucitados. La historia de la fe, evidentemente, no termina en la cruz, sino en la vida en plenitud, en la resurrección… y ésta no sólo como algo de Cristo, sino que su resurrección es primicia, prueba, signo y misterio de nuestra propia resurrección… la resurrección nos transforma a nosotros, o debería de hacerlo, no es el ser humano el mismo después de la resurrección de Cristo. Todo se ha cambiado, todo se ha transformado. La experiencia de la resurrección es la experiencia de que ya nada es igual, que el mundo, la historia, el ser humano, todo ser humano, han sido transformados. De algún modo en la resurrección de Jesús ya hemos resucitado todos. Nuestras vidas son diferentes, el mundo es diferente. Y éso nos empuja a la explosión de vida y alegría y regocijo, al disfrute de la nueva existencia que tenemos como cristianos… Vivir como resucitados es hacer ya vida de la salvación experimentada en la resurrección de Cristo. Es vivir ya como hermanos, como hijos de Dios, es vivir ya, aquí y ahora, en la plenitud de saber que ni la muerte ni el dolor ni el mal pueden sobre el ser humano, es vivir levantándonos siempre de las caídas y los errores, es vivir perdonando y comprendiendo, es vivir defendiendo la justicia, es vivir en el amor, es vivir con la pasión de llevar al mundo entero la Buena Nueva de la fe en Jesucristo… pero sobre todo es vivir en la alegría y la pasión de estar abiertos a la vida en plenitud que la cruz, ahora florida en vez de ensangrentada, nos ganó.

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