“¡Eres una máquina!“ Todos nosotros hemos oído o dicho en alguna ocasión esta expresión refiriéndonos a alguien extremadamente bueno o que sobresale haciendo algo. La convivencia entre la tecnología y el ser humano es innegable en nuestra sociedad moderna y automatizada y, como siempre se ha dicho, esta no es nada fácil. En el camino en el que nos encontramos, donde los avances se producen a una velocidad vertiginosa y en un abrir y cerrar de ojos han salido 100 modelos de móviles nuevos, 40 prototipos de vehículos más inteligentes y automatizados y 500 maneras de percibir la realidad más virtual que nunca, es conveniente que nos paremos y sepamos situar toda esta ola tecnológica que más de uno está temiendo que se convierta en un tsunami en toda regla.

Permitidme que os lleve, o lo intente, a lo que podemos considerar el principio de esta revolución de la maquinaria, esta vez sin pantallas, sin gafas de realidad virtual, simplemente dejándonos llevar por la imaginación. Viajemos pues a la segunda mitad del S. XVIII, Reino Unido; este país pasaba por una época de escasez de madera, materia prima en el sector naval y principal fuente de energía. Para solventar esta dificultad, se planteó el uso de carbón como combustible, pero los británicos tuvieron que superar otro problema: era necesario que alguien inventara una máquina capaz de extraer el agua subterránea alojada en las minas de carbón. Aquí es donde se enciende la chispa que desencadenaría la Revolución Industrial. En el año 1769, el ingeniero e inventor escocés James Watt tuvo a bien meter sus narices en el tema de la extracción del carbón, y así surgió la máquina de vapor, invento de origen genuinamente inglés que había sido patentado en 1606 por el ingeniero español Jerónimo de Ayanz y Beaumont. Tras esta breve, pero intensa, clase de historia moderna, vayamos al tema que nos interesa: ¿cómo fue la relación entre el hombre y la tecnología en esta época? En ese momento, la máquina ganó un gran protagonismo en el ámbito social y económico, gracias a esto, se pudieron agilizar los procesos de producción y distribución, pero se extendió el pensamiento de que la máquina quedaba por encima del hombre, superior a él, esto tiene como consecuencia un descenso en la calidad de vida de las personas trabajadoras (proletariado) y la generación de unas condiciones muy perjudiciales para la salud de los seres humanos (sobre todo en puestos de trabajo orientados a las cadenas de montaje).

Volviendo al S. XXI, nos podemos plantear entonces si todo lo que nace de la técnica (tecnología) es bueno incuestionablemente o, por el contrario, mejor sería que los ingleses hubieran usado piñas en vez de carbón para avivar el fuego de las calderas. Ningún pensamiento extremo es bueno, el afán de progreso del hombre y su imaginación lo han llevado a establecer una inevitable conexión con la máquina, Dios nos ha dado el poder de crear, de reinventar y rediseñar, sería un error no aprovechar este don y enterrarlo, como en la parábola de los talentos. Pero otra gran equivocación sería pensar que el ser humano está por encima de Dios y que el límite moral o ético sobre qué hacer con nuestras invenciones está determinado por la cantidad de dinero que nos va a costar. Se han cometido grandes atrocidades derivadas del poder de la tecnología, no hay más que ver los avances en el ámbito de los materiales y en las técnicas de posicionamiento que se produjeron durante los conflictos bélicos del S. XX. Por otro lado, hoy en día se está desarrollando el campo de la biotecnología, aplicable a diversos campos y uno de ellos es el de las prótesis donde la cooperación es absoluta entre el ser humano y la máquina, puesto que esta llega a formar parte del organismo humano, mejorando así la calidad de vida de las personas.

Para ordenar, y a modo de conclusión, el pequeño caos histórico-técnico que he preparado, simplemente diré que la codependencia de las personas y las máquinas ha ido aumentando a lo largo de la historia y que esta es inevitable, pero debemos tener presente que la máquina es para el hombre y no al revés. Dios nos creó a nosotros primero, y la evolución de la técnica es algo que ha sido posible gracias a los talentos recibidos, por ello, debemos hacer un buen uso de estos y darnos cuenta de que la máquina siempre deberá estar al servicio del hombre y no debe subordinarse a ella.

En la tragedia griega antigua, a veces, cuando el argumento llegaba a una situación irresoluble, algunos autores recurrían a lo que se ha llamado en la tradición Deus ex machina, es decir, una divinidad aparecía en escena transportada y sostenida por toda una maquinaria diseñada para ello, y de este modo se daba una solución o giro inesperado al guion. Parafraseando esta expresión, nuestra sociedad actual, aunque esté en momentos tecnológicos tan avanzados, no debe aceptar nunca un homo ex machina como respuesta a los retos actuales. Antes bien será  Machina ex homine, ya que  Homo ex Deo.

rosaura sastre