Hace unos días que quería leer el ensayo Retrotopía de Zygmunt Bauman, y por fin lo logré. La verdad es que me sorprendió porque ponía en palabras sensaciones o intuiciones que me acompañan y que también había percibido a mi alrededor. Aunque hay cierto poso de desesperanza, quizás por su ya avanzada edad, pues ha sido su última obra antes de morir, o ciertamente por que recoge su experiencia y quizás muchos sinsabores en su denuncia del individualismo y la desigualdad, junto con el anhelo de un mundo mejor. En todo caso sus ideas resultan agitadoras.

Para quienes no conozcáis a Zygmunt, es un reconocido sociólogo y pensador que consolidó, hace ya 17 años, el concepto de sociedad (o modenidad) líquida que contrapone la sociedad sólida, apoyada en un Estado fuerte, empleos duraderos y valores de referencia seguros; con la sociedad (pos)moderna, caracterizada por la extrema movilidad (líquida) en numerosos ámbitos: la precariedad del empleo, el relativismo de ideas y valores, la incertidumbre, la aceleración propia de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) y las redes sociales.

Sin duda su pensamiento lo vemos reflejado hoy en numerosas realidades y es de gran vigencia a la hora de comprender muchas de las dinámicas de nuestra sociedad.

Me llamó la atención que plantea que el futuro deja de ser el hábitat natural de las esperanzas, y se convierte en un escenario de incertidumbre y pesadillas: perder el trabajo (y encontrarlo), perder nuestro hogar, hijos viviendo peor que sus padres, etc. Y vincula la ansiedad que nos provoca esta ‘modernidad líquida’ y sus incertidumbres con el auge de la nostalgia y la búsqueda de consuelo en un pasado que jamás volverá, lo que el llama retrotopía.

Creo que todos hemos experimentado esa nostalgia de los tiempos pasados (niñez, adolescencia, primera juventud) en los que había unas reglas claras, teníamos todo controlado y de las que prevalece un poso de felicidad.

Esta nostalgia parece ser un mecanismo de defensa ante esta época de velocidad, en la que todo sucede a un ritmo acelerado y apenas tenemos tiempo para fijarnos en lo que acaba de pasar porque ya viene lo siguiente, y lo siguiente… Sin duda resulta tentador dejarse llevar por las soluciones fáciles: evadirnos de la realidad o refugiarnos en esa nostalgia de vivir en nuestro ideal anterior.

Caer en esto sería una renuncia a afrontar la realidad, a nuestra creatividad, a lo que estamos llamados a ser. Puede llevarnos al bloqueo, a no movernos, o a hacerlo en direcciones egoístas, que solo nos benefician a nosotros, pero que no cuentan con el otro o incluso le excluyen.

Creo que si algo aprendemos y sobre todo vivimos en nuestros grupos de fe es que no podemos renunciar a crear un mundo mejor, pues el estar al servicio del otro es lo que da sentido a nuestra vida y lo que nos hace felices.

Sin duda un ritmo contemplativo, crítico y sereno puede sernos de gran ayuda para discernir la paja del grano en nuestro día a día y entre toda esa gran masa de información que continuamente nos zarandea como el oleaje de un mar embravecido.

Y si a algo estamos llamados, es a la comunión, a que esta búsqueda del bien común sea con los iguales y los diferentes, pues todos dependemos de otros. Y así, unidos en lo fundamental, podemos alcanzar una visión de conjunto más rica y amplía, que nos facilite superar ese miedo al vacío del futuro.

 

ficha jose alberto