Hay días que son más difíciles que otros. Hay semanas que son más complicadas que otras en las que, como diría Lorca, las cosas que nos turban parecen llegar a los centros, y de ahí ya no hay quien las arranque.

El otro día me preguntaron en qué bando estaba, de qué lado me posicionaba, y no supe que responder. Tenía dos opciones derecha o izquierda.

Al cabo de unos días un coche en Londres y cuatro muertos. Al final de la semana siete mil personas rescatadas aproximadamente en total de barcazas y lanchas neumáticas en el mar Mediterráneo. Por no hablar de los cientos de miles abandonados en los mal llamados campos de refugiados. Fue entonces, cuando me pare a pensar en mi parte de culpa por mi pasividad, por mi falta de posicionamiento, por no ser capaz de escoger uno de los dos bandos para plantarle cara a estas desagradables realidades.

Sin embargo, recordé una pregunta que me hicieron no hace mucho cuando por accidente se rompió mi ordenador. Trabajos, fotos, recuerdos, canciones, historias… cuántas cosas había en ese ordenador, una vida o, por lo menos, muchos años de esa vida. Cuando un amigo se enteró de lo ocurrido se me acerco y me pregunto sorprendido: “¿Y cómo te lo puedes estar tomando tan bien? Buah, yo soy tú y entro ahora mismo en cólera” (conste que además, hay quién diría que para más inri, no se sabía cómo ni quién había provocado el accidente que había estropeado el ordenador). Yo no supe qué responderle tampoco a este amigo; la verdad no sentía ningún tipo de rabia ni de enfado, quizás si algo de decepción porque la persona no me había avisado (aunque más tarde sí que se acerco a mí y me aclaro que fue lo que había pasado). Estaba entre amigos, ¿por qué iba a tener que reaccionar así?

Comprendí entonces una cosa: el por qué no había sido capaz de elegir un bando. En algún momento, algo en mí había cambiado estos años. Me di cuenta de hecho de algo más, no fue un momento, fue un porceso, un aprendizaje, un entender que el mundo no está necesariamente construido sobre un dualismo inconjugable, que quizás exista una tercera vía.

Comprendí entonces cual había sido mi respuesta: amor. En contra de la beligerancia a la que nos tienen acostumbrados, existen más formas de plantarle cara a las políticas del odio y a los tránsitos del terror. Un amor que ha sido maltratado como concepto por la tradición romántica, olvidándonos que están a nuestro alcance infinitos tipos de amor.

Un amor que como base es la no muerte, y que como premisa es el amor que da el primer paso, un amor al que aunque en ocasiones le seamos infiel, permanecerá fiel porque no puede negarse a sí mismo. Y cuando haya días más difíciles recordemos que, como me dio una vez a leer una persona lúcida, el alma también necesita un marcapasos, “un marcapasos que se llama perdón, reconciliación y amor (…) y si no llegamos a hacer 72.07 pulsaciones por minuto, o actos de amor, que al menos pudiéramos hacer uno”. Así quizás los días sean menos difíciles.

Reconstruir… desde el amor;

y con el tiempo, parece que por fin estoy empezando a comprender mejor cual es mi compromiso socio-político como joven, y también como cristiano: que mi respuesta es amar setenta veces siete frente a esta globalización disgregadora y de la ira que tanto se enaltece, y si alguien no lo entiende, explico mis respuesta, como diría Lorca: que tengo en mi pecho un grito siempre puesto de pie.

(Ay el tiempo, ya todo se comprende Montesinos)

 

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