Hace un tiempo indefinido que dejé de echar azúcar al café. Si la naturaleza de una cosa cualquiera es s(ab)er amarga, ¿quién soy yo para endulzarla? ¿Por qué no aceptar y conocer en su propia forma y estado las cosas, en vez de juzgarlas desde la edulcorada y opaca distancia de quien sobre ellas vierte sobres y sobres de acomodados prejuicios?

No más azúcar. No más envases. No más petróleo. No más artificios. Si las cosas son como son, así quiero saberlas.
Estuve esta mañana en una terraza disfrutando un café con D. Miguel de Unamuno. Me compartía entre mis dedos, a través de un compendio de Pensamientos y sentimientos, que aunque no merezcamos un más allá, él lo necesita. Tengo sed de eternidad, argumentaba, sin ella me es todo igual; sin esperanza, ni hay alegría, ni la alegría de vivir quiere decir nada.

Respiré y cerré los ojos, como pretendiendo contener tamaña verdad en mi conciencia. Qué cierto es lo que (me) dijo, y qué difícil decirlo con palabras tan afiladas y certeras. La alegría de vivir no quiere decir nada si no hay un deseo, una esperanza, una necesidad (mentalmente satisfecha) de más allá, de posteridad, de eternidad. Porque sin efecto no hay causa, ni sin futuro hay pasado.

Mientras bebía el tiempo contenido en la taza charlamos sobre la vida y el propósito de la misma. Asentí sin mover un músculo ante otra de sus citas lapidarias: mi religión es buscar la verdad en la vida y la vida en la verdad. Y bien pudieran parecer dos cosas distintas cuando en verdad son la misma. ¿Qué vida existe más allá (o menos acá) de la Verdad? Sólo el niño puede existir sin verdad(es) – y nada dista más de lo eterno que la propia infancia. Amplió Miguel, no obstante, su cita reconociendo que pese a buscar esa verdad viva y esa vida verdadera, sabe que no las encontrará en vida. ¿Cuándo entonces? Su silencio me devolvió a la cita anterior: he aquí la respuesta; he aquí su ne-ce-si-dad de eternidad.

La verdad, concluye, es algo más hondo y más vivo y más fecundo que la razón.

Le agradezco a Miguel su tiempo, su valentía, su trabajo, su vida, su lucha y, sobre todo, sus letras. Le agradezco ser quien fue y permitirme beber de su río de sabiduría. Un sabio que, como tantos otros, combinó cobardía y esperanza en su necesidad de ser eterno.

Unamunonos.