“Me ha angustiado tu carta de hoy, muchacho. ¡Te muestras tan seguro de ti mismo, te sientes tan gozoso de “haber madurado”!

Te juro que he temblado al percibir esa punta de desprecio con que hablas de tus años juveniles, de tus sueños, de aquellos ideales que -dices- “eran, sí, hermosos, pero irrealizables”. Ahora me explicas, te has adaptado a la realidad y, con ello, has triunfado. Tienes un nombre, una buena casa, un cierto capital, una familia… Exhibes todo eso como si fueran joyas en el escote de una dama. Sólo, en medio de tanto orgullo, se te escapa un diminuto relámpago de nostalgia al reconocer que “aquellos absurdos sueños eran, cuando menos, hermosos”. Tu carta ha evocado en mí un viejo texto del doctor Schweitzer que desde hace veinte años me persigue. Me gustaría que te lo aprendieras de memoria, porque puede ser tu última tabla de salvación:

“Lo que comúnmente nos hemos acostumbrado a ver como madurez en el hombre es, en realidad, una resignada sensatez. Uno se va adaptando al modelo impuesto por los demás al ir renunciando poco a poco a las ideas y convicciones que le fueron más caras en la juventud. Uno creía en la victoria de la verdad, pero ya no cree. Uno creía en el hombre, pero ya no cree en él. Uno creía en el bien y ahora no cree. Uno luchaba por la justicia pero ahora ha cesado de luchar por ella. Uno confiaba en el poder de la bondad y del espíritu pacífico, pero ya no confía. Era capaz de entusiasmos, pero ya no lo es. Para poder navegar mejor entre los peligros y las tormentas de la vida se ha visto obligado a aligerar su embarcación. Y ha arrojado por la borda una cantidad de bienes que no le parecían indispensables. Pero que eran justamente sus provisiones y sus reservas de agua. Ahora navega, sin duda, con mayor agilidad y menos peso, pero se muere de hambre y de sed.” ¿Es cierto entonces que creer es tan terrible? ¿Vivir es simplemente ir abandonando? ¿Eso que llamamos madurez es simplemente ingreso en los cuarteles de la mediocridad? Me gustaría amigo, que antes de exhibir tanto orgullo te atrevieras a repasar esa lista de seis batallas y te preguntaras a ti mismo a qué derrota llegas, seguro que de ahí deducirás que te queda de humano.

La primera batalla se da en el campo del amor a la verdad. Suele ser la primera que se pierde. Uno ha asegurado en sus años de estudiante que vivirá con la verdad por delante. Pero pronto descubre uno que, en esta tierra, es más útil y rentable la mentira que la verdad. Abres los ojos y ves como a tu lado progresan los babosos, los lamedores. Y un día tú también muchacho tiras por la borda la incómoda verdad. Ese día, muchacho, sufres la primera derrota, das el primer paso que te aleja de tu propia alma.

La segunda batalla tiene lugar en los terrenos de la confianza. Uno entra en la vida creyendo que los hombres son buenos (…) Y ahí ya está esperándonos el primer batacazo. Es una zancadilla estúpida o, incluso, una traición que nos desencuaderna el alma precisamente porque no logramos entenderla. Y nuestra alma, herida, bascula de punta a punta. El hombre es malo, pensamos. (…) El alma forrada de cuchillos es nuestra segunda derrota.

La tercera es más grave porque ocurre en el mundo de los ideales. Uno ya no está seguro de las personas pero cree en las grandes causas de la juventud: en el trabajo, en la fe, en la familia, en tales o cuales ideales políticos. Se enrola bajo esas banderas. Aunque los hombres fallen, éstas no fallarán. Pero pronto se ve que no triunfan las banderas mejores (…) Se descubre que el mundo no mide la calidad de las banderas sino su éxito. ¿Y quién no prefiere una mala causa triunfante a una buena derrotada?

La cuarta batalla es la más romántica. Creemos en la justicia y la santa indignación se nos sube a los labios. Gritamos. Luego descubrimos que el mundo nunca cambia con gritos y que si alguien quiere estar con los despellejados, ha de perder su piel. Y un día descubrimos que no se puede conseguir la justicia completa y empezamos a pactar con pequeñas injusticias, con grandes componendas. Ese día caemos derrotados en la cuarta pelea.

Todavía creemos en la paz. Pensamos que el malo es recuperable, que el amor y las razones serán suficientes. Pero pronto se nos eriza el alma, comenzamos a desconfiar de la blandura, decidimos que puede dialogarse con éstos sí pero con aquellos no. No pasará mucho tiempo sin que decidamos imponer nuestra paz violenta, nuestras santísimas coacciones. Es la quinta derrota.

Quedan aún algunas ráfagas de entusiasmo, leves esperanzas que rebrotan leyendo un libro o viendo una película. Pero un día las llamamos “ilusiones”, un día nos explicamos a nosotros mismos que no hay nada que hacer, que el mundo es así, que el hombre es triste. Perdida esta sexta batalla del entusiasmo, al hombre ya sólo le quedan dos caminos: engañarse a sí mismo creyendo que ha triunfado, taponando con placer y dinero los huecos del alma en los que habitó la esperanza, o conservar algo de corazón y descubrir que nuestro barco marcha a la deriva y que estamos hambrientos y vacíos, sin alma.

Me gustaría que, al menos, te quedara esta angustia, amigo que hoy me escribes. Y que tuvieras aún el valor suficiente para preguntarte a qué derrota has llegado, muchacho.”

José Luis Martín Descalzo

Me queda poco que decir. Cuando conocí este texto se lo hice llegar a mucha gente. Me pareció un buen toque de atención ante la pasividad que en mayor o menor medida todos desarrollamos frente a la sociedad e incluso, como apunta el autor, hacia nuestra propia vida. Pues bien, ahora quería compartirlo con vosotros.

Pensamos que por llamarnos cristianos, digo más, dominicos, hay batallas que se dan por ganadas. Nos equivocamos. Todos los días libramos cada una de esas batallas; a veces ganamos alguna, otros días todas y, a veces, ninguna. No hace falta que lleguemos a los 60 años (por decir algo) para hacernos la pregunta de a qué derrotas llegamos.

La primera, la de la verdad. ¡Pero si somos buscadores de la verdad por definición! No basta con decirlo. ¿Cuántas veces dejamos pasar la oportunidad de buscar la verdad por la facilidad de creer lo primero que nos cuentan? Podemos encontrar ejemplos desde el telediario (ya sabemos cómo se manipula la información… pero a veces no nos importa demasiado) hasta lo que fulanito me ha contado de menganito.

En cuanto a la segunda, la de la confianza. Perder esta batalla implica dar un golpe a la comunidad; comunidad entendida no solo como nuestro grupo de jóvenes, sino como comunidad cristiana y humana.

La tercera es muy grave…renunciar a nuestros ideales… ¡Qué barbaridad! Sin embargo lo hacemos cada vez que flojeamos en nuestros empeños. De nuevo ejemplos desde no estudiar lo que me gusta hasta simplemente dejarnos vencer por la pereza. Cuando perdemos estas luchas, vamos cerrando los ojos a nuestra propia vocación.

Renunciar a la justicia es la cuarta derrota. Se me ocurren tantos ejemplos de pequeñas injusticias que podemos llegar a realizar o consentir en el día a día que no soy capaz de elegir… Cada uno que se ponga sus ejemplos personales. Perder aquí es dar la espalda a la compasión.

¿Seguimos creyendo en la paz? El autor nos plantea en quinto lugar la paz como entendimiento entre las personas. ¿Cuántas veces perdemos los nervios? Gritamos. Un buen ejercicio por la paz a pequeña escala es cultivar la paciencia. A gran escala, por la paz mundial, ya que el efecto mariposa tarda, tenemos la gran mediación de la oración (y a veces se nos olvida… ¡vale para todo!).

La sexta engloba a todas las demás. Este es el mundo en el que nos ha tocado vivir, sí. Pero podemos usar nuestro tiempo para que el mundo sea mejor. ¡Seamos predicadores con actos!

Creo que el autor consigue su objetivo: nos deja en la angustia de pensar a qué derrotas llegamos…

Os invito a todos a luchar en estas batallas porque no hay peor batalla que la que no se da.

 

<strong>Almudena Moreno</strong>
Almudena MorenoEl Olivar