Hemos oído muchas veces eso de que somos seres sociales y parece que estamos de acuerdo en que es imprescindible compartir la vida con otros para poder crecer como personas. También creemos, por tanto, que la Fe individual necesita ser compartida para que se enriquezca y, por eso, formamos nuestras comunidades cristianas. Pero esta razón, llamémosla “humana”, no es la única por la que la vida comunitaria es uno de los pilares centrales en la Orden de Predicadores.

En los inicios de la orden, Santo Domingo creyó necesario vivir en una verdadera comunidad al estilo de las de los Hechos de los Apóstoles, basada en la fraternidad. No era solamente un grupo de personas que se organizaban para salir a predicar, sino que la comunidad, en sí misma, era predicación, un ejemplo de fraternidad en una época que estaba marcada por la jerarquía del feudalismo, incluso dentro de la Iglesia.

También para nosotros, la comunidad ha de ser el primer espacio donde saboreemos un anticipo del Reino, que sirva como predicación al mundo y como signo de la Buena Noticia a los hombres, no como una doctrina expresada solamente con palabras, sino como algo que es vivido entre nosotros. Jesús dejó bien claro el mensaje de fraternidad: “que os améis unos a otros como yo os he amado”. Éste es un mensaje para toda la humanidad sin exclusión, que no sólo predicó con palabras sino con toda su vida.

Los discípulos de Jesús, movidos por el Espíritu, crearon las primeras comunidades que ahora nos sirven de ejemplo para las nuestras: poner en común los bienes, los materiales y a nosotros mismos, para servir a la comunidad con nuestras cualidades y nuestras debilidades (con lo que somos, lo que creemos, lo que sentimos); compartir la oración y la celebración; estudiar juntos la Palabra y predicar juntos y, por último, ponernos al servicio del mundo con este proyecto de Amor que reconstruya la comunidad entre todos los hombres.

Por supuesto, esto no es nada fácil, ¡parece hasta imposible! Basta con mirar en los Hechos de los Apóstoles para darnos cuenta de los múltiples problemas que ya entonces surgían. En ocasiones, es difícil ponerse en el lugar del otro, aceptar que es diferente y que la comunidad no debe ser homogénea ni a mi gusto. Otras veces es el egoísmo el que limita nuestra capacidad de amar y la de darnos cuenta de que todos hemos de construir comunidad, y no sólo esperar recibir de ella. Pero no hay que ser pesimista: la comunidad ha de ser consciente de sus debilidades, siendo necesario compartir también los momentos de desánimo, los defectos, los cansancios, los sufrimientos… Todo esto forma parte de nuestra Cruz, y es la propia comunidad, sostenida en Jesucristo y desde la libertad que da su Amor, la que nos hace seguir adelante, la que nos da consuelo y fuerzas para llevar este mismo consuelo a todos los hombres, porque esta es la misión última de toda comunidad.

<strong>Raquel Amat</strong>
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