Hay algunas cosas en mi vida que nunca he tenido claras. Y una de ellas siempre ha sido (y es) la respuesta a la pregunta “¿Qué quieres ser de mayor?”

Mientras otras personas, desde bien pequeñas, sabían con toda seguridad que querían ser profesoras o médicos… yo nunca lo supe. Y la pregunta siempre resonaba en mi cabeza… Y no os creáis que mi mente ayudó mucho a encontrar una solución.

Sin embargo, como todo el que crece y se hace mayor al final tuve que decidir, porque la opción de ser como Peter Pan era desafortunadamente, inviable.

Descubrí que la economía no se me daba mal, y como quien no sabe en qué jardín se ha metido, me puse a estudiar ADE y Derecho.

Nunca he sabido lo que quería ser de mayor, pero algo que no os he dicho es que hay algunas cosas que sí tengo claras en mi vida, afortunadamente.

Yo soy cristiana (por si alguien no lo había intuido) y quería que al final, hiciera lo que hiciera, fuera algo por lo que mereciera la pena trabajar, y pudiera mejorar el mundo de alguna manera. Porque creo en la capacidad del ser humano de transformar esta sociedad en la que vivimos a mejor. Ser cristiana me ha llevado a la convicción de que, de alguna manera, soy responsable de lo que pasa en el mundo y las personas que viven en él. Y como siempre ha dicho mi madre haciendo referencia al caos de mi cuarto, “antes de salir, preocúpate de dejarlo mejor de lo que estaba cuando has llegado”. No sé si seremos capaces de hacer eso con el mundo, pero creo que es algo por lo que merece la pena luchar. Y de eso estoy plenamente convencida.

Aunque lo parezca, no estoy escribiendo para contaros mi vida, si no para hablaros de algo que he encontrado en mi camino aun habiendo estudiado una carrera de la que nunca estuve convencida.

Como he dicho al principio, durante estos últimos 5 años he estado estudiando en una locura de carrera: ADE y Derecho. Aunque sé que eligiendo la parte de derecho como opción profesional podría haber ayudado a mucha gente (por ejemplo, siendo abogada) lo descarté porque no era lo mío. Así que os voy a hablar del lado económico, que fue por lo que entré desde un principio. He aprendido cómo funciona la economía a nivel nacional y a nivel mundial. Y como todos podéis pensar y habéis visto con el pasar de los años, no es una cosa de la que la sociedad se pueda sentir especialmente orgullosa. Un sistema económico que hace cada vez más grande la brecha de las desigualdades, grandes empresas que externalizan sus filiales con el objetivo de incrementar su rentabilidad, gracias a que pagan salarios indignos a personas en situaciones de pobreza intolerables, bancos que acaban hundiendo economías por la avaricia de sus directores, y políticos que lejos de estar al servicio de los ciudadanos, acaban por robarles. Un caos, en resumidas cuentas… casi como mi habitación.

Ser cristiana me ha llevado a la convicción de que, de alguna manera, soy responsable de lo que pasa en el mundo y las personas que viven en él.

Pues bien, en medio de esta vorágine de información, yo seguía haciéndome la misma pregunta… ¿Qué quieres ser de mayor? Y, aunque ya era mayor, el día de mi graduación la pregunta seguía sin respuesta.

Hasta que descubrí el emprendimiento social. Es fácil que nadie haya oído hablar de ello porque es reciente en España, y ni siquiera yo lo conocí durante 5 años estudiando temas de economía y empresa. De un tiempo a esta parte, ha habido muchas personas que, inquietas y dispuestas a mejorar el mundo que nos rodea han tenido ideas para solucionar un problema social o medioambiental, y le han puesto remedio a través de la creación de una empresa. Cuesta creer que “empresa” y “social” sean dos términos que puedan ir unidos en una misma frase… pero hoy en día es posible y es cada vez más común que personas emprendedoras inicien un negocio para poner solución a un problema de la sociedad.

La idea es que, a través de la creación de un negocio sostenible, se puede generar mucho más impacto en la sociedad, porque se obtienen continuamente recursos que permiten seguir trabajando por una causa social en particular, y puedes generar beneficios para pagar a las personas que siguen trabajando por mejorar el mundo.

Lo más importante de este tipo de empresas es no perder nunca el objetivo, que ya no es obtener cada vez más y más beneficios, si no poder ayudar a solucionar un problema social.

Hoy en día ya existen empresas sostenibles que mejoran la sociedad. Existen varias creadas con el único objetivo de insertar en el mundo laboral a personas con discapacidad, negocios para dar acceso a la electricidad a países en vías al desarrollo a bajo coste, fundaciones para empoderar a mujeres en países pobres y que son capaces de levantar sus economías, entidades que buscan emprendedores sociales para darles las herramientas necesarias para iniciar su negocio con impacto social e incluso, y aunque parezca increíble, bancos éticos.

Aunque no lo parezca, toda esta crisis económica y de valores ha dado paso a una nueva economía… pero aún queda muchísimo por hacer.

Hoy por hoy, tengo otra pregunta rondando por mi cabeza:” ¿Qué quieres hacer de mayor?”

Y a decir verdad, mi sabia madre siempre tuvo la respuesta: hacer todo lo posible porque al salir, haya dejado el mundo un poquito mejor de como lo encontré… empezando por mi habitación, eso desde luego.

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