Necesitamos prestar más atención a las voces que hemos olvidado escuchar. Las voces y la música que llevamos dentro nos hablan de un cielo azul y un aire límpio, de sueños y latidos, de ganas de abrazarse y de llorar al mismo tiempo, de un Dios imprevisible que ha venido a pedirnos que nos dejemos salvar por Él.

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