No os imagináis todo lo que estoy aprendiendo en este primer curso de filosofía en Valladolid. Viviendo en el Convento de San Gregorio y San Pablo, de la ciudad castellana, de los Dominicos. Pues bien, en esas clases de filosofía,  aprendo a eliminar prejuicios pasados, conscientes o  inconscientes, para dejar paso a argumentos clarificadores. A cuestionarme sobre cómo obtenemos certeza de nuestro conocimiento. A traducir textos del griego koiné al castellano… en fin. Tanto que es imposible enumerar siquiera un pequeño esbozo en esta página.

Pero a pesar de lo dicho antes debo destacar, por encima de los aprendizajes citados, una asignatura de este segundo cuatrimestre: Historia de la Filosofía Medieval. Y es que de la mano de un magno profesor y fraile dominico, estamos disfrutando de la asignatura como de ninguna otra. En los temas iniciales de la misma dedicamos un tiempo a refutar los mitos que se han afirmado categóricamente sobre la Edad Media. Desde aquellos que solo la consideran un bache en la Historia de la Humanidad, a la par que una época oscura y desechable, hasta aquellos que le otorgan a esos siglos el esplendor del Intelecto Humano inalcanzable por eras posteriores.

Dentro de dichos mitos hubo uno en particular que me llamó poderosamente la atención: el de Galileo. Creo que todos sabemos algo de esa historia, es decir, que Galileo (1564-1642) debió ser torturado y ejecutado por la Iglesia Católica en el S. XVII debido a sus ideas científicas. Como muestran algunos estudios sociológicos: “el 30% de los estudiantes de ciencias de la Comunidad Europea creen que Galileo fue quemado vivo en la hoguera por la Iglesia, y casi todos, el 97%, piensan que fue sometido a tortura.”

Pues, para quienes piensen que esto fue así, temo decepcionarles porque no: no fue así. Galileo fue puesto en arresto domiciliario, nunca torturado ni, muchos menos, ejecutado.

En 1633 Galileo fue procesado por el Santo Oficio debido a la publicación de su obra “Diálogo”, donde tres personajes discuten sobre aspectos cosmológicos, astronómicos, físicos y filosóficos del Copernicanismo (heliocéntrico). Además, en dicha obra se promulgaban ciertas ideas contrarias al papa Urbano VIII (Maffeo Barberini). Acusándolo por tanto de contravenir los decretos eclesiales, no de defender sus ideas científicas. A lo largo del juicio, que duró toda la mitad del año 1633, Galileo residió en la embajada toscana en Roma, bajo la protección de su amigo Francesco Niccolini (el embajador). Una vez finalizado el juicio fue condenado a arresto domiciliario hasta el final de sus días, el 22 de junio del año 1633. Por consiguiente Galileo se alojó desde el mismo día de su abjuración, el citado 22 de junio, en la Villa Medici en Roma, propiedad del duque de toscana, hasta el 30 de junio de ese mismo año, que el papa le dio permiso para trasladarse a Siena, donde viviría en la residencia del arzobispo. En diciembre de 1633 regresó a su casa en Arcetri, cerca de Florencia, donde permaneció hasta su muerte en 1642.

Podemos afirmar que no fue torturado en el proceso de interrogación por varias razones, siendo una de ellas: la norma de la Inquisición, donde se especifica que las sesiones de tortura, incluido los gritos y lamentos de la víctima, fueran registrados. Sin embargo las actas del proceso inquisitorial no mencionan nada de ello.

Durante su arresto compuso su obra más importante, “Discorsi e dimostrazioni matematiche, intorno a due nuove scienze attenenti alla meccanica & i movimenti locali”, en la que establece los fundamentos de la mecánica, dando fin al período de hegemonía de la física aristotélica. Posteriormente fue el astrónomo y matemático Keppler quien mejoraría y daría forma a las leyes de los movimientos planetarios.

Todo esto nos puede llevar a cuestionarnos ¿Cómo ha llegado a nosotros esa información tergiversada? ¿Cómo es que lo tenemos en nuestro haber?  Pues por autores de la Ilustración, que difundieron esta ideología de la supuesta división entre fe y ciencia. Mediante las obras de Draper (1811-1882) y White (1832-1918), historiadores del S. XIX, que tenían una motivación más ideológica que histórica, de narrar lo ocurrido en la Edad Media. Esta división  propició la concepción de Galileo como mártir de la ciencia, favoreciendo la aparición de no pocas obras de arte, a partir del siglo mentado, del juicio de Galileo ante la Santa Inquisición como Galileo Galilei davanti dall´Inquisizione. (Un ejemplo de lo dicho. El de la portada, de Cristiano Banti (1824-1904), italiano, 1857, colección Elena Fragni, Milán)

Por consiguiente no querría tachar  ni a la Ilustración de perversa manipuladora, ni a la Iglesia Católica Medieval de cachorrito inocente. Pero sí me gustaría animaros a que no os conforméis con mentiras, suposiciones y especulaciones. Debéis de formar vuestras propias conclusiones. No dejaros arrastrar por convencionalismos, sean de un color político, de una ideología predominante o de una doctrina minoritaria. Santo Tomás de Aquino nos recuerda que hay que buscar la verdad allí donde se encuentre. Esta búsqueda significa empaparnos de la espiritualidad dominicana. Y me podréis preguntar: ¿Para qué empaparnos de eso? Pues, nada más y nada menos, que para que la verdad nos haga libres (Jn 8, 32), para ser mejores dominicos, mejores cristianos y, en definitiva, para ser mejores personas.

PD: Por supuesto estoy abierto a perspectivas diferentes a la expuesta, y si alguien encontrase pruebas históricas o escritos de la época que secundasen que Galileo fue enjuiciado mediante técnicas de tortura por sus teorías científicas, estaré encantado de aprender, y rectificar.

Bibliografía:

[1] PÉREZ MARCOS, Moisés, O.P., Sobre la integración entre la teoría de la evolución y la fe en Dios creador y providente, contra los murmurantes, Pontificia Facultad de Teología de San Esteban, dominicos-salamanca, Memoria de Licencia en Teología, 2014, pp. 17-20.

[2] FINOCCHIARO, Maurice A., Galileo fue encarcelado y torturado por defender el copernicanismo, en ed. NUMBERS, Ronald L., Galileo goes to jail. And Other Myths about Science and Religion”, trad. Josep Sarret Grau, Biblioteca Buridán, 2009, pp. 79-90.

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