Conocí a Puerto el año pasado, mientras realizaba mi año de noviciado en Sevilla. Puerto es el nombre de una mujer salmantina con la sensibilidad necesaria para hacer arte hasta de las piedras del campo.

En primavera del año pasado la conocí en el claustro del convento dominico de Santo Tomás de Sevilla: una maravilla de paz en medio de una ciudad ruidosa por doquier. En primavera, cumple a la perfección lo que se espera de un patio andaluz, con sus naranjos y su estanque. Es un lugar poco transitado, y por eso resultó un privilegio poder utilizarlo para dar espacio al arte. Habría que puntualizar que el arte de Puerto no es cualquiera; ella hace cuadros para rezar y predicar. En sus obras trata de traslucir al lenguaje de las imágenes lo que le sugieren las palabras que hay en ese libro llamado Biblia, en el que se cuentan más de una, y más de dos, cosas importantes.

Hoy quiero hablaros del cuadro que acompaña a esta entrada del blog del MJD. Se llama ‘San Sebastián’, el nombre de uno de los mártires con más devoción desde los primeros siglos de la Iglesia; me encanta y es obra de Puerto. Cuatro cosas me sorprendieron del cuadro, y voy a intentar contároslas.

Una, que no hay cuerpo, sólo corazón. Las imágenes de San Sebastián suelen mostrar a un hombre tranquilo de proporciones perfectas y trozo desnudo. Todo un  hombre apuesto enseñando torso; la verdad es que en muchos templos era, crucificados aparte, la única manera que el artista tenía de representar un cuerpo masculino desnudo o en paños menores. Pero aquí se prescinde de todo eso y queda sólo aquello que nos mueve a Dios: el corazón. El principio vital y emocional, el lugar donde se juega quiénes somos en realidad. Y así vemos un corazón desnudo, al que no le importa ser atravesado por cuarenta flechas. Pero las flechas aún no han llegado al corazón. ¿Deberíamos imaginarnos el cuerpo no dibujado? ¿Está el corazón a punto de ser atravesado por semejante multitud de saetas?

En efecto, el número de flechas son cuarenta. No es casualidad que ese sea el número escogido: cuarenta años en el desierto pasó el pueblo de Israel tras salir de Egipto; cuarenta días se retiró Jesús en el desierto a orar y escuchar la voluntad del Padre;  de igual modo, cuarenta días dura nuestro tiempo de cuaresma. El cuarenta es una forma de simbolizar el cambio. En este caso, el soldado Sebastián se dejó transformar profundamente tras su encuentro con Dios, convirtiéndose a esa cosa que se llamaba cristianismo y que estaba siendo en aquel momento perseguida.

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Esas flechas, además, tienen corazones. Donde normalmente irían las plumas, vemos cuarenta corazones. ¿Cómo puede haber un símbolo tan positivo en una herramienta de dolor y muerte? Quizá sea para recordarnos que el sufrimiento sólo tiene sentido si es por amor, y que por nada más merece la pena pasar semejantes penurias. Más aún, el amor tiene sus momentos duros, difíciles y de duda. O eso, o no es amor. Y lo miso pasa con nuestra relación con Dios: nos va a doler.

Pero de ese sufrimiento saldremos transformados, ‘resucitados’. Con una vida nueva y mucho mejor que dar a los demás.

Podría seguir escribiendo ideas que me sugiere este cuadro, pero jamás lo agotaré. Quizá haya quienes al leerme no puedan más que estar en desacuerdo, otros sólo a medias. Es la grandeza del arte, y eso también nos concierne a los dominicos. La misma Puerto ha parido algunos de sus dibujos entre las piedras del convento de San Esteban, en Salamanca. Dominicos como Fra Angelico mostraron con el arte cosas que no se pueden decir con palabras.

La belleza también nos puede ayudar a crecer en humanidad y en fe.

<strong>Fray Asier Solana</strong>
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