No seré yo el que defienda que el mundo del Fútbol es un mundo justo… Once tíos que han llegado a ser millonarios por correr detrás de un balón y cuya finalidad es encajar este en una portería… no es el mejor argumento que podemos usar para defenderlo, y sin embargo es el mejor distractor que tenemos en nuestros días (Sobre todo cuando se realizan cambios que afectan a nuestro día a día “coincidiendo” con estos magnos eventos).

Pero, sin lugar a dudas hay algo más que transciende a esa realidad, y también aquí podemos mirar más allá.

Lo primero que no se nos puede escapar es el factor emocional que tiene el fútbol, al fin y al cabo, ¿Qué otra cosa ha conseguido en los últimos años que una gran parte de la población coja unos colores y una bandera como seña de identidad, y salga a la calle a demostrar apoyo a un equipo de personas? ¿Qué hace a todo un estadio cantar consignas de ánimo? ¿Por qué cuando oímos el himno de nuestro equipo los pelos se nos ponen de punta? Es cierto que “la masa” hace acrecentar todos estos sentimientos…pero de base ya hay algo.

Es cierto que el fútbol también puede sacar el lado oscuro de las personas, puede llegar a generar violencia entre personas de equipos “rivales”, aunque esto predomina más bien en los sectores de hinchas más extremos, (Ya se sabe, los extremos se tocan…), pero ¿qué sentimiento nace entre la gente del mismo equipo? El hecho de ver a alguien de camino a tu estadio con la misma camiseta que tú, (al contrario que en una boda :P), de un modo u otro te vincula con la otra persona, pues los dos estáis disfrutando del buen momento del equipo, o por el contrario, le preocupan cosas similares, como los fichajes o la venta de los jugadores del equipo. Se crea de este modo una “comunidad informal”, con unos valores, una cultura y unas vivencias similares, lo que hace que entre los componentes de esa “gran comunidad”, fluya la confianza. En nuestra sociedad, en la que prima el individualismo (y cada vez más), ¿dónde podemos ver que dos personas que no se conocen de nada y que coinciden semana a semana en el estadio salten a abrazarse para celebrar un gol? Y vayan forjando a través del tiempo una amistad? ¿Qué evento hace coincidir a tres y hasta cuatro generaciones de una misma familia semana tras semana para acudir al estadio?

Cada equipo tiene además, como he adelantado antes, una cultura común, ensalzan la figura de jugadores históricos del equipo, y a su vez viven una serie de valores que en otra área de la sociedad no se aprenden.

Posiblemente os sorprenda el tema de mi artículo (a mí mismo también me sorprende), pero es que hay días en que un texto te sorprende y te inspira, ¡y no puedes perder la oportunidad de compartirlo con tus hermanos! El texto en cuestión se titula “La sonrisa de Neptuno” (lo siento soy del Atleti, vivo sus colores, que también son los míos, y sus seguidores me inspiran jejeje) y narra la vuelta de unos padres con su hijo en el coche tras la final de la Champions contra el Real Madrid. Como veis, también tiene su perspectiva cristiana, aunque en realidad no tenga nada que ver.

Os dejo con el texto, y espero que os guste : )

Los churretes de las lágrimas te habían borrado ya la bandera que te pintaste en los carrillos infantiles, te miraba yo por el retrovisor volviendo de Lisboa y, en la inmensa caravana de vuelta que estaba provocando el peaje, la espera interminable era la puntilla a una jornada siniestra.

Entonces salieron unos tipos de un coche, se pusieron a bailar alrededor de su vehículo (lo que faltaba), con una felicidad bien sincera, como invitando a los demás a hacer lo mismo, la viva imagen de la gente orgullosa de lo que ha conseguido.

Estabas dormido, pero te habría despertado. Para que entendieras algunas cosas, hijo: llevaban unas camisetas del Atlético de Madrid.

A ver cómo te explico a tus nueve años que todo es relativo. Sacar un suspenso, tener un sobresaliente, cometer un error, lograr un acierto. Ganar, perder, todo es relativo menos la forma de hacerlo.

A ver de qué manera te cuento a tu edad que siempre es más importante el cómo que el qué. Que si alguna vez vences, no has de querer infringirle mayor castigo al vencido, ni hacer ostentación delante de él, porque en el intento de aparentar grandeza demostrarás tu pequeñez. Y que si caes al suelo derrotado ya tienes una cosa que hacer: sacudirte el polvo del patio, levantarte, ponerte en el lugar de los que ya no tienen fuerza para hacerlo.

A ver cómo te digo, si tienes la cara llena de churretes y duermes, que sólo con esfuerzo y trabajo tendrás la oportunidad que sueñas, que hay derrotas que no merecen una lágrima y que en una victoria hay gestos que pueden llegar a dar pena. Que se puede morir dos veces en 40 años de la misma manera, en el tiempo añadido, cuando ya te creías a salvo, pero que no se puede resucitar a medias. Sino de una pieza, entero, cada mañana, hoy mismo, con la cabeza alta.

Bailaban alrededor del coche, hijo, y habrían perdido el partido pero no la sonrisa, y yo te habría despertado por algo tan ridículo como es el futbol si no hubiera sido porque tu madre puso el sentido común. Ojalá que en la vida siempre seas de los que tienes mucho que perder. Ojalá que en las horas malas seas capaz de decirle al otro enhorabuena.

Porque uno, llegado el caso, puede acabar en posiciones de descenso, pero nunca, nunca jamás, perder la categoría.

Porque uno puede tener una mala noche, pero no debe olvidarse de un montón de días.

Porque un minuto puede cambiar un resultado, campeón, pero no el marcador que llevas dentro.

 

<strong>Andrés Rodríguez</strong>
Andrés RodríguezOlivar