Celebramos toda la Familia Dominicana el día 13 de febrero al beato Jordán de Sajonia, el primer sucesor de Domingo de Guzmán al frente de la Orden de Predicadores. Jordán fue también el primer autor de una historia de santo Domingo y de los comienzos de la Orden, el libro llamado Orígenes de la Orden de Predicadores, por el que conocemos principalmente la biografía de Nuestro Padre Domingo, su carácter, sus anhelos, sus esperanzas y todos sus desvelos en su proyecto de predicación, así como los hechos de aquella primera generación de frailes predicadores que dieron forma al sueño de Domingo de la predicación.

Jordán era alemán, nacido hacia 1190 en Burghers, cerca de Dassel, en Westfalia, aunque de su niñez no conocemos más bien nada. Debió comenzar sus estudios en Alemania, pero lo que sí conocemos es que fue a concluirlos a la Universidad de París hacia 1210, cuando tenía aproximadamente veinte años. Por entonces París y Bolonia eran los dos centros universitarios más importantes de la cristiandad europea, y allí en París es donde Jordán conoció a Domingo… y donde le cambió la vida.

Su encuentro con santo Domingo ocurrió en 1219, cuando éste venía de España, y fue a París para visitar y cuidar de la presencia de los frailes del convento de Saint-Jacques, fundado sólo dos años antes, después de la dispersión de 1217, en que siendo apenas veinte frailes, Domingo decidió enviarlos a las ciudades universitarias de su tiempo, a estudiar, predicar y fundar conventos.

Cuando Domingo llegó a París, Jordán andaba buscando su camino y, como él mismo cuenta, se preguntaba con frecuencia ante Dios cuál sería. En ese preciso momento, conoció a Domingo. Y es que tanto entre los estudiantes como entre los maestros de la Universidad de París, no se hablaba de otra cosa que del fundador de la nueva Orden, así como del poder de su palabra y de lo prodigioso de su carácter. Arrastrado por la corriente general, Jordán fue varias veces a escuchar su predicación, y la palabra del “Maestro de la predicación” -como se le llamaba entonces a santo Domingo- le removió hasta lo más profundo de su alma. Jordán fue a visitarle al convento de Saint-Jacques y le abrió su corazón. Se confesó varias veces con él y le pidió consejo acerca de su vocación, y de ahí surgió también la amistad. Jordán parece haber sido, entre todos los frailes, el que más penetró en la intimidad de santo Domingo, en alguna parte le llama el “padre” de su alma. Domingo le aconsejó que recibiera el diaconado y que entrara en la Orden.

Ese mismo año (1219) fray Reginaldo de Orleans –cuya fiesta celebrábamos ayer 12 de febrero-, que era un conocido profesor universitario que gozaba de una gran reputación y que había entrado en la Orden poco antes, llegó a París encargado por santo Domingo de que velara de que aquel convento creciera. Jordán entró también enseguida en contacto con él, y con su trato terminó de decidir su vocación, haciendo voto en su interior de entrar en la Orden, aunque no fue hasta un año después en que por fin dio el paso: el 12 de febrero del año siguiente cumplió su promesa.

Tras eso todo se sucedió muy rápidamente. Es elegido por los frailes de París para ir al Capítulo General de ese mismo 1220; allí se le encarga hacer de profesor a los jóvenes frailes de París que empiezan a llegar al convento atraídos por una nueva forma de vida religiosa; se le nombra al año siguiente Provincial en el norte de Italia, en la Lombardía, donde se encarga de que creciera el convento de Bolonia; y en el 1222 es elegido para suceder como Maestro de la Orden, a Domingo, que había muerto en 1221. En dos años, había entrado en la Orden y lo habían hecho superior general de la Orden. El mismo nos cuenta en ese libro mencionado antes que cuando lo eligieron se resistió todo lo que pudo, diciendo que cómo él, que aún no era capaz de gobernarse a sí mismo, iba a gobernar a otros… pero el Espíritu sopla como quiere y cuando quiere, y sus hermanos de Orden vieron unas cualidades excepcionales, dignas de ser el sucesor de Domingo. Y así fue ciertamente, pues durante su gobierno, la Orden creció espectacularmente.

En los 16 de años de su gobierno, se fundaron 207 conventos, creció prodigiosamente el número de frailes, se produjo la canonización de santo Domingo en 1234, se organizó la Orden en provincias, y viajó incesantemente para que su obra de crecimiento y de predicación fuese firme. Así fue 9 veces de París a Bolonia y de Bolonia a París; fue 3 veces a Alemania y visitó 2 veces el sur de Francia; fue varias veces a Roma y al sur de Italia, una vez a Inglaterra y otra a Tierra Santa. Realizaba todos estos viajes a pie, con un bastón y pidiendo limosna. Visitaba los conventos animando a los frailes en sus fundaciones y ayudándoles con sus consejos. En su estancia en Padua entraron en la Orden treinta y tres frailes, entre ellos san Alberto Magno. También predicó con éxito en París, donde muchos universitarios se incorporaron a la Orden, entre ellos Humberto de Romans, que sería posteriormente el quinto Maestro de Orden, y Hugo de San Caro, que fue el primer cardenal dominico.

Como Domingo, Jordán comprendió que las Universidades ofrecían el medio más favorable para el reclutamiento de los frailes. En París y en Bolonia promueve la Orden, tanto entre los estudiantes como entre sus maestros, haciendo de estas dos Universidades su centro de operaciones. En el terreno universitario se siente como en casa. En ningún otro ambiente su vida tuvo tanto impacto como entre los universitarios. Su palabra, su carácter, la agudeza de su espíritu tuvieron un gran éxito entre los estudiantes; muchas veces se trata del éxito de la risa, que es con frecuencia el más decisivo. Sus sermones eran una fiesta, y los estudiantes iban a escucharle en masa.

Después del Capítulo Generalísimo de 1236, Jordán se despidió de los frailes de Saint-Jacques y se embarcó en las costas italianas para viajar a Tierra Santa con el fin de visitar las numerosas casas que la Orden tenía ya en esta región: los conventos de Nazaret, Belén, Damasco, Tolemaida y Jerusalén. A la vuelta de este viaje, cuando se dirigía a Nápoles para visitar las numerosas escuelas de la Orden que estaban surgiendo en esta ciudad, el barco fue asaltado por una furiosa tempestad, hundiéndose en las costas de Siria. Jordán pereció en este naufragio junto con sus dos acompañantes. Era el 13 de febrero de 1237.

¿Qué nos puede contar a nosotros hoy la figura de Jordán de Sajonia?

Primero, la persecución de un ideal, de un sueño. Jordán descubrió cuál era su camino, y no dejó un minuto de su vida después de recorrerlo. Una vez elegido, se entregó con todo su tiempo, su vida y su ser, a él. Los sueños se conquistan y se persiguen y se pelean y se disfrutan día a día, con pasión, con esfuerzo, y con plenitud.

Y segundo… a dejarse guiar por el Espíritu. La vida te da sorpresas, en acogerlas, en cabalgarlas como olas, en aprovecharlas y no dejarnos vencer por esas sorpresas –por más que a veces nos parezcan demasiado grandes para nosotros- está el secreto de la búsqueda de Dios. Fiarse del Espíritu exige un mucho de discernimiento, y de audacia.