Que somos seres simbólicos, que usamos y necesitamos signos, gestos y símbolos, parece una obviedad señalarlo. Los usamos constantemente y para todo, son de todo tipo, vivimos rodeados de ellos, desde una señal de tráfico a los colores de un equipo, desde una pulsera que habla de un recuerdo o una persona o una situación, a una cruz al cuello que simboliza nuestra fe… Con los símbolos tratamos de significar algo, de poder contar algo difícil de expresar… por medio de otra cosa. Ese es el poder de los símbolos, que tratan de hablar de lo que es difícil hablar… pero es a la vez su gran dificultad, porque ciertamente no siempre ni para todo el mundo significan lo mismo.

Pues precisamente hoy Miércoles de Ceniza, eso es lo que tenemos. Un símbolo, un signo, un gesto. La imposición de la ceniza es un signo con el que comenzamos la Cuaresma, y que quiere ser precisamente una señal que condense los próximos 40 días que vamos a vivir.

Decir que la Cuaresma es el tiempo litúrgico para preparar la Pascua, es casi enunciado de catecismo, algo que todos sabemos. Pero lo que a veces no queda tan claro es precisamente esa preparación. Y es que en la Cuaresma, como en el signo de la ceniza, se mezclan o más bien se cruzan, distintos elementos, distintas claves, y todas ellas importantes para vivir esa preparación, para poder llegar a la Pascua en las mejores condiciones para vivir el misterio central de nuestra fe, la muerte y resurrección de Jesús… Y digo vivir, o sea, que sea una real experiencia de Dios, de lo más profundo, de lo que nos da la vida de verdad… una experiencia de esas que se dicen fundantes… que fundan nuestra fe y transforman toda nuestra vida. Pues para que eso pueda ser la Pascua, hay que prepararlo. Las cosas importantes –todos lo sabemos…- no se improvisan.

El caso es que la Cuaresma tiene como digo distintas claves, como el mismo signo de la ceniza… aunque todas ellas apunten al misterio de la Pascua y a hacer vida de nuestra condición de cristianos.

La primera de las que señalaré, es una muy clásica vinculada a la memoria de lo que verdaderamente somos como seres humanos. Es en torno a la frase, que ya no se dice, al imponer la ceniza, del “polvo eres y en polvo te convertirás”, y que yo interpreto como una llamada a la memoria de lo que es de verdad en el hombre… frente a tantas cosas que nos engañan porque no son realmente del mundo en el que vivimos o en el que queremos vivir… La ceniza trata de recordarnos que hay veces en que nos olvidamos de que lo que tenemos más a mano, nuestra vida diaria, nuestras preocupaciones más materiales o nuestras metas más concretas… hay que mirarlas en la perspectiva del verdadero por qué de nuestro tiempo aquí. Un mundo como el nuestro, invadido por la publicidad, nos orienta demasiado al consumo, al tener, al parecer… y la ceniza nos recuerda que no está ahí nuestra verdadera identidad ni nuestra verdadera felicidad. Que hemos de ser capaces de mirar más allá… que nuestro tiempo aquí está para mucho más que para consumir. La ceniza pues trata de recordarnos eso de que “somos polvo”, pero no en clave humillante o depresiva o negativa, sino recordándonos que somos algo más sencillo y a la vez más profundo, más importante de lo que a veces nos creemos o de cómo actuamos, pues somos creaturas de Dios; la ceniza nos recuerda que demasiadas veces nos centramos demasiado en cosas que no son reales y que no nos hacen ser verdaderamente personas, descuidando u olvidando que nuestro verdadero “yo” está precisamente en Dios. Que no se trata de centrarnos en nuestras necesidades o comodidades, en nosotros mismos, sino salir de uno orientados y apuntados a lo que de verdad somos: hijos de Dios.

Otra es la clave de la conversión. Se nos dice hoy al imponernos la ceniza la frase “conviértete y cree en el Evangelio” y se nos orienta hacia la penitencia con ello… y es que la ceniza ha sido siempre señal de penitencia. Pero la penitencia no es nunca un valor en sí mismo, no es algo que se agote en sí mismo. Es más como un dedo que señala: si nos quedamos mirando el dedo, si nos centramos en exceso en la penitencia, no miramos a lo que señala, que es la conversión. La penitencia es así, de nuevo, un signo, una manera de significar la conversión… Pero un signo que a la vez ya realiza lo que señala… pues pone en marcha la misma conversión, el cambiar, transformarnos, el ir haciendo real el camino del evangelio al que estamos llamados. La conversión del corazón, de las actitudes, de ir haciendo en nuestro día a día cada día más real nuestra condición de cristianos, la que ya tenemos… se trata de ser lo que ya somos. Y la penitencia nos ayuda pues con ella se nos recuerda que estamos llamados a quitar lo que nos estorba en el camino del evangelio, lo que no nos deja ser quien somos, lo que somos… cristianos.

El caso es que eso de la penitencia tiene muchas formas. Se nos recuerda en el evangelio de hoy tres que son centrales… pero que de nuevo apuntan a otra cosa. Es casi esto como las muñecas rusas, que dentro de un sentido hay otro y otro… pero ya decíamos que ese es el poder de los signos y los símbolos…

Las actividades penitenciales que se nos proponen son las tres más clásicas y que son patrimonio de todas las tradiciones religiosas del mundo porque apuntan a tres actitudes, a tres relaciones humanas profundas y fundamentales para todas las personas. Se nos habla de oración, ayuno y limosna, y yo veo en ella las tres dimensiones claras de todo ser humano, en las que toda persona ha de crecer: con lo trascendente hacia arriba, con uno mismo hacia dentro, y con los demás hacia fuera.

La oración pues nos habla de la dimensión espiritual y trascendente de nuestra condición humana, y trata de ponernos en contactos con la verdadera fuente de la vida y de nuestra identidad, nos ayuda a crecer hacia arriba, hacia el verdadero sentido de la existencia, nos ayuda la oración a que Dios esté más presente en nuestra realidad, en nuestra consciencia, y que así actúe en nosotros, encaminándonos hacia la verdadera plenitud de la persona. Por eso en este tiempo se nos recuerda que para la conversión es fundamental la oración, recuperar o ganar o lograr espacios de oración en nuestro día a día.

El ayuno creo que nos habla de nuestra más auténtica condición humana, la de un yo libre y pleno, y así podemos decir que trata de ponernos más en relación con nosotros mismos, sería el crecer hacia dentro. Y es que yo entiendo el ayuno como el medio que permite avanzar en libertad, en identidad, en autonomía, el medio que nos ayuda a separarnos un poco de lo que a veces sentimos que nos esclaviza, que nos saca de nosotros mismos, que no nos deja ser quien somos, por eso no es tanto –o solo…- ayuno de alimento, de carne o de cosas así… sino que hay que mirar más en la perspectiva de mirar hacia dentro y barrer un poco el interior de lo que no nos deja ser quien somos o quien queremos ser. Ese es el ayuno que se nos pide en este tiempo.

Y la limosna, que nos pone de frente a los demás, a los otros, a las personas que nos rodean, que nos hace salir de nosotros mismos… y que es la central para las otras dos, porque crecer hacia fuera ha de llevarnos a crecer hacia arriba y a crecer hacia dentro, pues es en el trato con los otros, poniendo a los otros en el centro de nuestras preocupaciones, como podremos también encontrarnos con ese Dios que buscamos en la oración; pero también poniendo a los otros en el foco de nuestra atención, es como nos daremos cuenta de que hay cosas en nosotros que no nos dejan ser nosotros mismos y que no dejan espacio para los otros… así que eso de la limosna tiene todas las posibles formas que nos abran a los otros… es dar dinero, desde luego, pero también tiempo, cariño, cuidado… pero siempre pendientes, como el mismo Dios, como nos muestra Jesús de Nazaret, de los más pequeños, de los más débiles, de los más desafortunados, de los que más sufren… focalizarnos en los que más lo necesitan…

En definitiva la perspectiva de este tiempo de conversión, de centrarnos en lo que de verdad nos hace humanos ha de ser como ese pasaje del libro de Isaías que dice que la penitencia que Dios quiere es “Que rompas las cadenas injustas y levantes los yugos opresores; que liberes a los oprimidos y rompas todos los yugos; que compartas tu pan con el hambriento y abras tu casa al pobre sin techo; que vistas al desnudo y no des la espalda a tu propio hermano”

Que esa sea nuestra Cuaresma y que vivamos así este signo de la ceniza.

<strong>Fray Vicente Niño</strong>
Fray Vicente NiñoBaobab y Olivar