Este es el título de una película, estrenada el 24 de enero de 2009, que retrata con excelente concreción la problemática Gays-Iglesia de los años 90 en EEUU. El protagonista es un adolescente gay, interpretado por Ryan Kelley, y la trama consiste en la relación con su familia -cristiana y bastante conservadora- que defiende concepciones de pecado e infierno muy presentes en sus vidas.  En el film, basado en hechos reales, existen dos partes: una más “oscura” donde la familia se opone a la homosexualidad del hijo; y otra con un mensaje más esperanzador, de cambio. Es decisivo el papel de la madre interpretado por Sigourney Weaver.

Este artículo no pretende entrar en discusiones teológicas, o en polémicas con la Tradición de la Iglesia Católica, acerca de el matrimonio entre personas del mismo sexo, o en una dialéctica psico-sociológica donde discutamos si los gays nacen así, son producto de las circunstancias vividas, o incluso si han elegido su orientación sexual. Lo que se pretende es concentrarse en lo sencillo, en lo básico, en lo fundamental: La búsqueda del Amor de Dios.

En mi opinión un mensaje duro en contra del colectivo gay con palabras como “La homosexualidad es un pecado”, “pervertidos”, “los homosexuales están condenados a pasar la eternidad en el infierno”, “si quisieran cambiar podrían ser curados de sus hábitos malignos” y un etcétera considerable, tiene como consecuencia directa una desvalorización de su condición humana hasta el punto de que puedan sentirse indignos para recibir el amor de Dios.  Un Amor que les es otorgado, nada más y nada menos,  desde el momento en que son concebidos en el vientre de sus madres. En definitiva, un amor que obtienen por ser hijos de Dios. 

Una vez un fraile dominico amigo mío me dijo: “Cuando nuestra vida concluya, y estemos en presencia de Dios, Él no nos preguntará en qué trabajaste, cuántos hijos tuviste… sino que nos preguntará directamente al corazón: ¿Has amado? Y  la respuesta que demos será lo determinante en nuestra entrada a la fiesta. Porque a los ojos de Dios la bondad, la misericordia y el amor hacia los demás es todo lo que importa”.

Por lo tanto cuando un homosexual se presenta ante Dios y entra en oración, hemos de tener cuidado, porque expresiones de odio, miedo e ignorancia hacia la palabra gay, pueden silenciar esas plegarias. Así como enunció Mary Griffith:

“Antes de hacer eco del Amén en su casa o en su centro de oración, piense y acuérdese. Un niño está escuchando.”

En conclusión reafirmaré este último pensamiento: Prestemos atención a nuestros actos y dichos de incomprensión, de rechazo, de exclusión porque pueden desencadenar sufrimiento innecesario porque, como apunta el número 55 de la Relatio del Sínodo de la Familia, “tenemos que evitar hacia las personas homosexuales todo signo de discriminación injusta”.

<b>Miguel Fabra</b>
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