Cuando fui a mi primer Campo de Trabajo no sabía lo que Dios me tenía preparado.

Durante esos quince días sentí la importancia de la Palabra, conocí lo que era una comunidad, descubrí el sentido de la oración y, sobretodo, me di cuenta que era necesario darse a los demás.

Cuando terminaron esos quince días mi cuerpo me pedía más, quería que formara parte de “eso” a lo que los que estaban allí llamaban MJD.

Durante mi recorrido en el movimiento, he conocido a multitud de personas que han sido capaces de enseñarme que no sólo se puede predicar con la palabra, sino que un gesto, una mirada o la actitud con la que nos enfrentemos a la vida, ya es en sí mismo toda una Predicación.

Seis años después me siento preparada para poder afirmar que el MJD no es solo un grupo de amigos que se reúnen para pasarlo bien, para disfrutar de momentos divertidos o vivir experiencias nuevas,  que también, sino que es una puerta a todo un mundo nuevo. Un mundo en el que descubres que seguir los pasos de Jesús vale la pena y que el verbo difícil no es amar, sino elegir.

Siempre he pensado que lo difícil era amar, pero realmente elegir es lo que cuesta. Es por ello por lo que Dios nos hace libres para seguirle o no, para dar a conocer su mensaje o no, en definitiva para mostrar ese “mundo nuevo”, o no. La verdad es que en este tiempo he elegido apostar por ese mensaje, por esta forma de vida, ya que, para mí, andar este recorrido me llena de felicidad porque siempre me ha dado cosas positivas.

No sé lo que nos deparará el futuro, pero tengo claro que si le seguimos la pista a Jesús muy mal no nos puede ir, y el MJD es un magnífico camino para conseguirlo ¿no creéis?

<strong>Angela Burguet</strong>
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