15 de noviembre

Conociendo el tradicional vínculo que ha tenido siempre lo dominicano con el estudio, -uno de los pilares de la identidad dominicana, de su carisma como familia de predicadores- es seguro que a nadie le sorprenderá que los patrones de las facultades y estudios más clásicos -quitando la medicina…- sean dominicos. Santo Tomás de Aquino, es el patrón de todos los estudios universitarios, san Raimundo de Peñafort lo es de los estudio jurídicos, y nuestro santo de hoy, san Alberto Magno, es el patrón de los estudios científicos.

Pero… ¿cómo es que un fraile dominico, del siglo XIII, teólogo ante todo, es considerado el patrón de las Ciencias Naturales? Pues diremos lo que parece obvio, gran parte de sus estudios se dedicaron a la naturaleza, a los procesos químicos, físicos, a la botánica y la biología, la zoología, la geología, la astronomía, convirtiéndose casi en un pionero de las modernas ciencias, abriendo todo un camino de investigación que hoy en día que tan de moda está contraponer lo científico y lo religioso, desmiente eso de un supuesto eterno conflicto entre ciencia y religión, entre la Iglesia y los científicos.

Alberto nació en el seno de una familia noble, los Ingollstad, en Lauingen, Diócesis de Augsburgo en la Baviera Alemana en 1.206. Deseando cursar la carrera de Leyes, sus padres le envían primero a Bolonia, que más tarde será cumbre de los estudios juristas, para ir después a Venecia y Padua. En 1.223 conoce a su compatriota el Bto. Jordán de Sajonia, que sucedió a Santo Domingo de Guzmán en el gobierno de la Orden, y nuestro Alberto, quedó prendado por la predicación y las cualidades de este hombre, decidiendo ingresar en la Orden de Predicadores en 1.224. Pese a la oposición de su familia -no veía con buenos ojos que entrase en una Orden recién fundada, con la pobreza como uno de sus principales rasgos de identidad- él permaneció fiel a su decisión.

En 1.228 es enviado a su Alemania natal como profesor, enseñando primero en Colonia, y después en Hildesheim, Friburgo, Ratisbona, Estrasburgo, para ir después a la Sorbona de París, donde tendrá como discípulo predilecto a Santo Tomás de Aquino, a quien introducirá en el estudio de Aristóteles, que en esa época comenzaba a introducirse en Europa tras un exilio de un milenio, y que muy bien visto no estaba por las autoridades académicas eclesiales.

En 1.248 le encontramos, de nuevo, en Colonia dirigiendo el Estudio General de la Orden en esta ciudad -una especie de Facultad de Teología para que los dominicos estudiasen-. En los años 1.254 a 1.257 es elegido Provincial de la Provincia de Alemania. En 1.256 está en Roma y allí, con San Buenaventura, franciscano, defiende los derechos de las Ordenes Mendicantes, frente a Guillermo de San Amor y otros profesores, que pretendían retirar el derecho de enseñar en las Universidades de entonces a los frailes dominicos y franciscanos.

Cuatro años más tarde el Papa Alejandro IV le nombra Obispo de Ratisbona, donde se dedicó a reorganizar la Diócesis. Sin embargo, a los dos años, con nostalgia de su vida conventual dominicana, renuncia al episcopado, aceptándosela el Papa Urbano IV.

Regresa a su vida de enseñanza y estudio, donde siendo ya mayor y próximo a su muerte aún hizo un último viaje a París para defender la ortodoxia de las obras de su discípulo santo Tomás de Aquino. Murió el 15 de noviembre de 1280.

San Alberto Magno es un místico que descubre a Dios en el encanto de la creación. Un enamorado del Dios que ha sido capaz de crear cuanto existe. Un hombre al que lo que nos rodea le habla de Dios, y por tanto, conociendo más este mundo nuestro, creado y querido por Dios, más se le conoce a él. Científico y teólogo en uno, estudia, investiga, analiza, contempla, profundiza todo en función de la misma perspectiva de Dios, y de la predicación, por eso utiliza tanto las Ciencias Naturales -Biología, Botánica, Química, Zoología, Astronomía, Geología…- como la Filosofía y la Teología, para acercarse a Dios y acercarlo a los demás.

En definitiva, Alberto nos habla de la belleza de la creación, de la maravilla de la naturaleza, y de lo fascinante del estudio de las ciencias, en tanto son ventanas que nos abren a Dios, a ese Dios creador de cuanto existe, y del que la verdad, también la de las ciencias, nos habla.

<b>Fray Vicente Niño OP</b>
Fray Vicente Niño OPBaobab y Olivar