Vivimos en un mundo donde la moda es violencia, donde violencia se ha confundido con libertad, donde violencia impera y se fusiona con terror y, pese a todo esto, somos capaces de vivir. O eso intentamos. ¿Es posible vivir entonces en un mundo así?

Yo creo que sí, quiero creer que sí. ¿Cómo? Para mí la respuesta es sencilla: observando, con compasión, conmoviéndose. El problema radica en que no es fácil observar el mundo, porque la realidad a la que hay que hacer frente, nuestra realidad, muchas veces no es agradable. Pero es nuestro deber. Nosotros somos quienes construimos mundos y ejecutamos realidades, quienes tenemos el futuro por modelar, y los niños, los adolescentes, son quienes han de lidiar con lo que nosotros dejamos como herencia. Y, últimamente, me parece que no queremos mirar lo que estamos dejando, lo que hemos dejado. La verdad en ocasiones es molesta, y la disfrazamos para paliar el daño que pueda causar, despilfarramos eufemismos en una época de austeridad, paradojas que nos toca vivir, y usamos bullying, tal vez acoso escolar, cuando en realidad de lo que estamos hablando es de violencia, de violencia entre niños, el último engendro que hemos creado.

La culpa es de la televisión. La culpa es de Internet. La culpa es de los padres. La culpa es de los profesores. Mentira. Basta ya de mentiras, de vendas y tiritas que no ayudan a cicatrizar. La culpa es nuestra. La culpa es nuestra. La culpa es nuestra. Tenemos que observar, tenemos que mirar a nuestro alrededor con el corazón en un puño, y desmentir de una vez por todas tantas falsas verdades sobre las que nos hemos edificado como sociedad. Hemos creado una sociedad que modela la verdad a su antojo para así evitar disfunciones, malestar general, para poder hablar de la existencia de justicia social pero, en realidad, todo ello es una gran paradoja, porque como en multitud de ocasiones, nos hemos olvidado de quienes de verdad necesitan nuestra ayuda: los niños, los adolescentes, los jóvenes.

Alan. Arancha. Diego. 17 años. 16 años. 11 años.

Su última palabra, y eso es lo que más duele, es lo que se necesita para que aparezca nuestra primera palabra, después del llanto, y yo me pregunto por qué. ¿Por qué?

El delito de odio parece nuestra batalla perdida, y golpea directo en el alma. Yo me pregunto por qué pasa todo esto, y cuál es mi parte de culpa, qué es lo que no yo no he sabido ver. No somos conscientes de lo necesarios que somos, de lo útil que es nuestra voz, cada uno con la suya, dando aliento, dando un beso, dando una sonrisa, dando un grito a favor, dejándonos arder para y por los demás.

¿Un remedio? Mejor unas pautas, una esperanza, y replantearnos los pequeños gestos. Que nadie, nadie tiene alergia a los abrazos. “¿Qué tal estas?” como una forma de ayuda, no de presentación. Que los momentos de soledad son buenos, pero no ser soledad. Que el amor no sea una moda, que sea el cimiento.

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