Cada vez está más claro, es más evidente y más difícil de negar: el capitalismo nos está hundiendo en la más absurda oscuridad humana.

Sé que un gran porcentaje de los lectores de este artículo considerará estas palabras dignas de una novela de entramado paranoide. Ellos no entenderán este artículo.

Somos cómplices de todas y cada una de las muertes que están sucediendo en el Mediterráneo. La ruta desde Tripoli (Libia) a Lampedusa (Italia) es un camino fruto de nuestro comportamiento capitalista.

Sí, es cómodo buscar culpables más visibles. Y es verdad que los hay. La Unión Europea es culpable; mira hacia otro lado y no invierte dinero en salvar vidas, sino en cerrar puertas. El Gobierno de Libia también es culpable; su inestabilidad y baja autoridad frente a las milicias hace de este país un caos permanente irregulable. España, por supuesto, es culpable; durante los 41 años de gobierno de Gadafi, era suministradora de armas en Libia.

Pero como ya he advertido antes, este artículo no es cómodo para el lector. Es por eso que no vamos a centrarnos en esos culpables, sino en nosotros mismos.

Me he cansado de leer artículos (necesarios para entender el problema) en los que se habla de consternación, de catástrofe humana, pena profunda… Y también he leído muchos que culpan a cientos de organismos y exigen cambios en los sistemas de gobierno, mayores presupuestos y una mayor conciencia gubernamental… Estoy completamente de acuerdo.

Pero han sido pocos (muy pocos) los artículos que se han centrado, o si quiera han señalado, en una reflexión personal hacia el lector. Y entiendo que eso es lo importante. Entender que el problema viene de lejos, es más profundo, y depende de todos (no solo de las altas esferas).

El cristiano no debe conformarse solo con sentirse dolido frente a la pérdida de seres humanos. El cristiano no debe conformarse solo con la denuncia hacia todos los estamentos, gubernamentales o no, por ser culpables directos de las muertes injustas. El cristiano no debe conformarse solo con la oración por los perdidos. El duelo, la denuncia y la oración no sirven de nada si no hay, finalmente, una trasformación.

Y de eso va el tema, de transformarse. La compasión es herramienta (por darle un carácter funcional) útil y necesaria en el quehacer humano. La situación debe con-movernos para entender que es nuestro comportamiento cotidiano el que crea genocidios. ¿Exagero?

El sistema capitalista somos nosotros. Somos pieza fundamental en sus engranajes. Gracias a nuestra indiferencia, el individualismo sigue siendo la bandera de este sistema mundializado. Y así seguirá siendo. A no ser que entendamos e integremos en nuestras vidas términos como solidaridad, comunidad, decrecimiento…

Que no se me malinterprete, no quiero parecer catastrofista. Pero entended que si en tres días mueren más de mil personas (400 + 900) ahogadas por culpa de unas políticas al servicio del Dios-Dinero y parece que aquí no pasa nada, algo no va bien en este mundo ‘heterogéneo’ y ‘globalizado’.

<strong>Alex García</strong>
Alex GarcíaGrupo Espiga