Cuando, hace unos meses, me invitaron a Chile para participar en el ECJD 2015, no era consciente de la cantidad de experiencias y aprendizajes que me esperaban allí. Nunca había cruzado “el charco”, así que me embarqué en la aventura, con algunos miedos pero, sobre todo, con mucha ilusión.

Nada más aterrizar, la acogida que los hermanos de Chile me regalaron disipó cualquier rastro de temor que aún pudiese quedarme.

ECJD son las siglas del “Encuentro Continental de Jóvenes Dominicos”; en el colegio “Academia de Humanidades” de Santiago nos reunimos unas 600 personas procedentes de diversos países de América.

Bajo el lema “viviendo las buenas noticias” disfrutamos de un montón de vivencias de todo tipo: voluntariados sociales, talleres, culturales, celebraciones litúrgicas, fiestas… todas ellas orientadas a compartir, desde las diversas culturas y experiencias pastorales, la Buena Noticia del Evangelio bajo el carisma dominicano.

Fue impresionante compartir esos días con tal cantidad de jóvenes y ver las ganas, la alegría e ilusión que todos volcaron en cada momento, en todas las actividades que se nos ofrecieron, además, por si eso fuese poco, tuve la oportunidad de reencontrarme con los hermanos de Chile que ya había conocido en los encuentros del IDYM.

El cariño y la fraternidad que todos me brindaron: los frailes, especialmente el p. Enrique y mi tocayo, el p. Félix y un viejo conocido, Manuel; los miembros del MJD; las hermanas de las distintas congregaciones que acudieron; las fraternidades laicales; el profesorado; los jóvenes participantes… es sin duda el mejor regalo que me he traído de allí pero, ni mucho menos, el único.

La belleza imponente de la ciudad, conocer las diferentes realidades de aquellas tierras, y la labor que allí realiza la Familia Dominicana allí me ha enseñado muchísimo y me ha abierto la perspectiva.

Admirable igualmente la organización, todo estuvo cuidado a la perfección gracias a un compromiso muy serio y prolongado de muchas personas. Toda la familia dominicana se volcó en el encuentro, pero también los profesores, los padres de los alumnos, el personal no docente… todos ellos trabajaron con mucho afecto y ganas. Juntos lograron que la ocasión fuese memorable, que nos descubriésemos a nosotros mismos y a los demás como la buena noticia que también somos.

Tras una semana juntos, nos despedimos con el corazón repleto de Dios y con muchas ganas de poder volver a encontrarnos de nuevo… ¿quizás en Toulouse este verano?

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