Hace relativamente poco tiempo, en una reunión de Endavant, echaron al aire una pregunta que puede parecer sencilla, pero que conlleva su complejidad: nos preguntaron por nuestros sueños, exactamente por nuestro “sueño“. Yo no tengo claro aún hoy en día qué se entiende por eso de “sueño” así que no fui la primera en contestar, ni la segunda, ni siquiera la quinta. Uno a uno todos mis compis fueron contestando lo que ellos entendían por sueños y en qué consistían los suyos: esperanzas, proyectos, intenciones, inquietudes, futuro… Y yo cada vez estaba más perdida. Todos ellos contestaban con un aire de fantasía, de ilusión, a cada cosa que decían. Que sí Erasmus, que si traslados, que si política, que si pareja… Todos tenían algo por lo que se levantaban cada día, por lo que les merecía la pena enfrentarse al mundo cada mañana, por lo que esperaban llegar a ser o tener algún día. Y yo cada vez me hacia más pequeñita en el sofá donde estaba sentada.

Y más, y más… A todo esto, uno de ellos dijo que quería llegar a ser un gran profesional en el ámbito que estaba estudiando y yo me pregunté si mi sueño era la medicina, ser alguien importante o tener algo publicado por lo que ser recordada en ese ámbito y la verdad es que me reí yo sola un buen rato, me di cuenta de que no, no era lo que me llenaba por así decirlo. A ver no penséis que estoy perdiendo 6 años de mi vida para nada, la carrera me encanta sino no pringaría todos los meses (incluídos los de verano) para intentar ser médico en un futuro, una buena médico claro, pero no es mi sueño, como algunos sabéis yo no tengo vocación como muchos otros, así que esa no era la respuesta a mi pregunta. Una chica argumentó que quería viajar, salir ella sola y ver como se las apañaba frente al mundo, ver qué era capaz de hacer por ella misma. Gracias a Dios hemos tenido la suerte de poder llevar a cabo ese reto con las salidas al extranjero para practicar inglés en verano, así que tampoco es algo que me llame la atención, me gusta porque ya lo he vivido y se que en un futuro puede que trabaje fuera pero no lo tengo por objetivo, por sueño.

Dijeron taaaaantas cosas… Todos, uno por uno, se abrieron al resto y cuando sólo faltaba por hablar yo, ¿sabéis qué? Me quedé callada. No dije ni mu, y eso que esperaron largo y tendido por si me daba por aludida. Pero yo no tenía nada que decir, y como bien dicen “no rompas el silencio si no puedes superarlo con algo mejor”, y sin duda, si hablaba era para decir alguna tontería ya que no creía tener nada a lo que denominar sueño.

Aquello me dejo muy tocada la verdad, esa noche estuve dando vueltas en la cama como si fuera una croqueta. Dormí poco y mal, ya que a mi estas cosas tan tontas me parecen fundamentales. De hecho, me llegué a preguntar qué estaba haciendo con mi vida, si después de tanto predicar eso de “vive tus sueños”, “sueña a lo grande”, ”que nadie ni nada te hagan creer que no puedes lograr lo que te propongas” etc, iba a ser tan hipócrita de estar viviendo por vivir, sin tener nada a lo que aspirar. Y en serio, fue un gran problema moral.

Al día siguiente, estábamos cenando los cinco en la cocina, como siempre, y mi hermana empezó a contarnos su día, aturullada como ella es, haciendo de un granito de arena un problema inmenso, del cuál siempre sale victoriosa, nunca se ahoga. Y esto en gran parte es gracias a mi madre, persona de paciencia infinita, y que para mi no puede ser mejor representación carnal de Dios. Y a su lado, siempre apoyándola, mi padre. Nunca he visto a nadie que quiera de una manera tan real como él. Es pura entrega. Luego estamos los eslabones perdidos: mi hermano y yo, que bueno, tenemos nuestro papel pinchando siempre que podemos y haciendo del día a día un bonito recuerdo de gritos y risas (ambos en misma proporción, que conste). Pero bueno, la verdad es que mi atención recayó en esa escena tan cotidiana para mi, y a la que le había dado poca importancia hasta ese día porque era algo normal, al igual que el peliculón de los sábados por la noche, tumbados en el sofá y compartiendo palomitas. Y como éstas, miles de anécdotas más.

Y ahí me encontraba yo, saboreando cada risa, cada broma, cada reprimenda, todo. Irremediablemente me puse a pensar en la cantidad de familias que, por desgracia, no son capaces de disfrutar de una reunión familiar similar y mucho menos, diaria. ¿Y sabéis qué? Llegué a la conclusión de que por mucho que estudie una carrera preciosa, que me encante cocinar, que me encanten los deportes de equipo, que me encante poner cafés los sábados por la tarde, que cada domingo con Endavant salga con ganas de comerme el mundo, que por encima de tooooodo lo que me encanta (y lo cuál me hace feliz día a día), por encima de todo, está mi familia. Ellos son mi sueño y les estoy viviendo cada día. Y voy a seguir aprendiendo y luchando todos los días para conseguir que no se pierda, para que perdure. Y hoy me iré a dormir feliz por darme cuenta de mi realidad y por haber resuelto la maldita pregunta que rondaba por mi cabeza.

 

<strong>Marta</strong>
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