Dentro de la liturgia de la Eucaristía, uno de los momentos con los que menos conecto es el del Credo. Una oración que afirma algunos de los dogmas esenciales de la Iglesia Católica y que se reza en comunidad los domingos y fiestas de guardar. Una especie de himno de la Fe Católica que resume en positivo cuál debería ser la base de nuestra creencia.

Sin embargo, los tiempos cambian, y la manera de acercarse a la religión y a la Fe también. A las nuevas generaciones les cuesta ser fiel con la literalidad de algunos conceptos como la resurrección, lo todopoderoso o la comunión de los santos, ideas de sobra estudiadas y profundizadas por la teología pero que, si bien podían suponer una manera de atraer a creyentes en otras épocas, ahora posiblemente los y las rehúyan.
En este sentido, cabe preguntarse en qué creemos y qué queremos reafirmar desde nuestra creencia más visceral, cuál es la base de nuestra Fe hoy, y sobre todo, qué queremos compartir desde la oración con la comunidad en la Eucaristía. ¿Cabe una renovación en el Credo que no traicione los dogmas pero los mueva de foco?
Pienso en Nick Cave y en Into my arms. En esta canción, tal vez una de las más bellas que conozco, reza lo siguiente (traducción mía): “Yo no creo en un Dios intervencionista/Pero sé cariño que tú sí/Pero si lo hiciera, me arrodillaría y le pediría/Que no interviniera en ti/Oh, que no tocara un pelo de tu cabeza/Te dejara como eres/Y que si siente que que te tiene que dirigir/Entonces te dirigiera a mis brazos”.
En la segunda estrofa, dice: “Yo tampoco creo en los ángeles/Pero al mirarte me pregunto si eso es así/Si lo hiciera, les reuniría a todos ellos/Y les pediría que te cuiden/Que cada uno encienda una vela/Que alumbre tu camino/Y como Cristo en paz te guíen/A mis brazos”. Acaba la oración: “Yo sí creo en el amor/Y sé que tu también/Creo en algún tipo de senda/Por la que podamos andar tú y yo/Así que mantén tus velas encendidas/Haz su camino brillante y puro/Que la mantenga volviendo/Siempre y cada vez más/A mis brazos”.
Este es un credo que niega y afirma. Niega la Fe ciega y afirma una solución que es el amor. Una pretensión de vivir a los brazos de alguien, y de que esa persona viva a nuestros brazos. A mí me habla de comunidad, de vida en común, y de esa idea de una Fe construida desde la otredad.
También pienso en un poemario que leído recientemente, Oración en el huerto, de Juan Gallego Benot. El título, que remite -obviamente- a Getsemaní, en realidad habla de temas tan actuales como la vida, el amor, el erotismo, la masculinidad o la paterndidad. En una entrevista a Zenda Libros, Benot explicaba esa dualidad: “mis poemas amorosos y mis poemas religiosos suceden en el mismo sitio. Esto tiene que ver también con mi manera de ver la religiosidad, dado que la comprendo de un modo muy cercano, vívido y social, como algo vinculado al barrio. En Sevilla, al menos, la religiosidad es una cosa estrechamente relacionada con la convivencia. Y tanto la convivencia religiosa como la amorosa tienen la capacidad de crear realidades comunes, compartidas en un espacio imaginado”.
La generación Z y la millenial han dado un giro brusco en las maneras de acercamiento, asunción y desarrollo de la Fe. Algunas personas conservadoras lo verán como una herejía, otras lo verán como un nueva etapa en la que la religión se relacione con el mundo de una manera más orgánica y natural. Mientras se respeten los dogmas, ¿por qué debemos apoyarnos en unos y no en otros?
Desde este prisma, nuestras comunidades jóvenes deberían hacer una reflexión profunda y un tener un papel más activo en aquello que podemos ofrecer a la comunidad católica: un cambio de paradigma que actualice nuestra Fe al mundo en el que vivimos. Una religión que, ya siéndolo, se afirme más explícitamente como una dimensión colectiva, compasiva y con un enraizamiento en el amor.
Que el amor es el valor básico que debe mover el mundo no tiene oposición posible, y sin embargo, no se nombra en ese himno que cantamos en comunidad (si bien sabemos que Dios es sinónimo de ello). Por otra parte, es muy fácil hablar de que el amor es la respuesta (“yo creo en el amor”), pero eso no son más que palabras vacías que en realidad tienen que llevar a una reflexión mucho mayor ante la pregunta ¿qué significa amor? ¿a quién implica el amor? ¿de qué manera me implica a mí? ¿a quién le debo? ¿hasta dónde llega mi misión ‘por el amor’ y de qué manera se enfrenta a mis ambiciones? Estas preguntas son universales, nuestra Fe es una de las respuestas posibles que puedan alumbrar y convencer.
Estas cuestiones son cruciales para el cristiano joven, y las respuesta las encontramos en las oraciones contemporáneas, laicas, y a veces, directamente herejes, que nos propone la cultura. La liturgia, basada en una palabra tremendamente valiosa pero que necesita ser constantemente interpretada, necesita una revisión. Quiero decir “creo” pensando en lo que realmente me importa, no en aquello que sé que debo asumir pero que siento de manera totalmente complementaria en mi propia vivencia religiosa.
Asumir que la Iglesia Católica ha de abandonar ese estigma de institución decimonónica y acercar la experiencia transformadora de la Fe al camino irreversible que las nuevas generaciones están tomando por lo colectivo y desde lo emocional es una aspiración ambiciosa. Empezar por explorar nuevos credos puede ser un primer paso.