Una vez leí una frase del filósofo e historiador francés, Hyppolyte Taine (1828-1893), que decía: “Viajamos para cambiar, no de lugar, sino de ideas”. ¡Y qué gran verdad! Viajar nos transporta a otras realidades, añadimos vida a la vida, conocemos nuevas formas de pensar y nos damos cuenta que, a fin de cuentas, somos una pequeña parte de este gran mundo, repleto de una gran riqueza cultural.

Por eso, me siento muy afortunada de haber podido visitar otros lugares, convivir con las personas y empaparme de sus tradiciones. Este verano he estado cuatro meses viviendo en Israel por una estancia de investigación de la tesis doctoral; y con toda seguridad, puedo decir que viajar te cambia. Cuando el viaje es tan largo, te permite conectar con las personas, conocer los hogares, las costumbres y lo más importante, generar lazos de amistad.

Y así fue como comenzó todo, un martes cualquiera mientras estaba trabajando en el yacimiento arqueológico del asentamiento del siglo I de Magdala –situado a orillas del Mar de Galilea; se acercó a mi espacio de trabajo una chica joven con un hiyab –velo característico que cubre la cabeza de las mujeres musulmanas. La chica se sentó en una silla libre de la oficina ya que, tengo la suerte de disponer de un espacio abierto al exterior para poder contemplar la naturaleza y belleza de la zona septentrional del país –pero una desgracia cuando las altas temperaturas deciden aparecer en todo su esplendor.

Sin decir ni una palabra ni mirarme, la joven chica sacó su comida y se dispuso a comer. Así estuvimos tres días: ella no me miraba mientras comía y yo utilizaba nuestros primeros diez minutos juntas para hablarle en inglés e intentar conseguir una respuesta.

Fue en el cuarto día cuando todo cambió. Como siempre, apareció la joven y se sentó pero esta vez utilizó la silla delante de mí, sacó unos dulces típicos árabes y me ofreció uno. Y en ese momento, por primera vez, me miró a los ojos: sus ojos eran de color marrón verdoso, grandes y con unas pestañas frondosas pero, estaban tristes y recelosos. La chica, por fin habló y me dijo con un inglés muy característico: “Mi nombre es Rehan”. Ella conocía muy bien mi nombre porque en esos días, en mi particular monólogo de diez minutos, me había presentado unas cuantas veces. Nos dimos la mano, nos miramos y sonrió.

Rehan trabajaba en Magdala tres días a la semana como limpiadora, encargándose de mantener en perfectas condiciones la Iglesia que hay en el yacimiento. Y así, poco a poco fui descubriendo más cosas sobre ella: tenía 27 años y tres hijos de doce, ocho y cuatro años. Su timidez inicial se debía a que yo no era musulmana pero le pudo más la curiosidad. Era inteligente y siempre quería aprender palabras nuevas en español, mientras intentaba enseñarme algunas palabras en árabe: los diez primeros números, saludos, frutas, verduras o frases divertidas para Rehan.

Nunca comprendió por qué había decidido realizar una tesis doctoral pero tampoco era necesario, porque Rehan, con simplemente 27 años, tenía una sabiduría dolorosa. Un día, mientras estábamos descansando juntas me contó su historia: llevaba un año separada de su marido por ser un hombre “malo” –según palabras de Rehan- y ahora vivía en casa de sus padres con los tres hijos. Recuperó su coche de la juventud que tenía prohibido conducir por su marido, volvió a comer dulces, pasear por el parque con sus hijos y redescubrir lo bonito del amor.

Cuando terminó de contarme todo, un silencio se interpuso entre nosotras. Rehan, calmada y con una media sonrisa que no llegaba a sus ojos; yo, con mis ojos llenos de lágrimas y rabia. Mirándome, Rehan me dijo seria: “Tú estudias una tesis, tienes 26 años y quieres formar una familia, yo ojalá nunca me hubiera casado y tenido hijos. Amo a mis hijos pero representan mi ancla, el peso que me ata a esta tierra. Por eso, quiero que mi hija elija su vida conociendo todas las opciones que se le presentan”.

El día que Rehan decidió dejar el trabajo me buscó para despedirse. Nunca un abrazo dijo tanto, ni una mirada. Nos sobraban las palabras porque habíamos creado una amistad contra todo pronóstico: dos chicas de dos culturas y religiones diferentes, con caminos de vida opuestos. Dos chicas que, durante el almuerzo, conseguían borrar las barreras, reinar la sororidad y estrechar los lazos.

El día que Rehan se despidió el sol estaba cubierto por nubes –raro en pleno julio en Israel- y la luz brillante característica de Magdala no estaba. Pero, saliendo por la puerta estaba una joven musulmana de 27 años, vestida de negro con un yihab morado poniendo la nota de color a todo su atuendo oscuro, marcando un inicio. Y entonces recordé: rehan en árabe es el nombre de una bonita flor morada y muy perfumada, además de ser el color favorito de Rehan, quien por fin se había atrevido a recuperarlo de su armario.

Esto va por ti Rehan, para que sigas aprendiendo inglés y español por las tardes de modo autodidacta, para que puedas rehacer tu vida y para que la sonrisa llegue a tus ojos como en nuestros almuerzos.

Firma-Cristina