Hace más o menos un año volvía a casa de madrugada después de trabajar. Por el camino, en mi barrio de toda la vida, me encontré a una chica de unos 30 años discutiendo con el que supuse era su pareja. Ella, apoyada en la pared, lloraba. Él gritaba y no la dejaba moverse. Sentí miedo, pero algo me impidió seguir caminando. Me acerqué y le pregunté a la chica si necesitaba ayuda. Me respondió que sí. Él lo puso difícil, pero pude acompañarla un rato a casa hasta que creí estar segura de que nos había perdido de vista. Mientras andábamos, me contó que había tenido otra pareja que la maltrataba y que no entendía como él, que tanto la había ayudado a salir de aquella relación, podía estar ahora haciendo lo mismo. Cuando nos despedimos, me dijo que iba a dejar a ese chico, que tenía una hija y tenía que luchar por ella.

Al día siguiente se lo conté a mis padres. Su reacción, entre risas por la ocurrencia, preocupación y orgullo fue algo así como “ay, hija, te metes en unos berenjenales… ¡cualquier día nos llama la policía y tenemos que ir a por ti!”.

Hace tres años no me hubiese parado. Habría cruzado de acera, habría fingido hablar por teléfono, habría acelerado el paso… el miedo habría sido más importante, y cualquier excusa me habría servido para llegar a mi casa lo antes posible.

Pero el año pasado ya tenía conciencia feminista, y eso fue el “algo” que me obligó a pararme aquella noche.

Ya había escuchado hablar de mujeres como Hipatia, Mary Wollstonecraft, Virginia Woolf, Simone de Beauvoir, Frida Kahlo, Clara Campoamor…; ya me había sentido acosada de fiesta; ya había sentido dolor y rabia cada vez que escuchaba la noticia de un nuevo asesinato machista; ya había aprendido, entendido e interiorizado lo básico de luchar por los derechos de la mujer y lo absurdo que es no planteárselo.

Por eso fui a la manifestación el pasado domingo. Porque “sola y borracha, quiero llegar a casa”, porque “si nos tocan a una, nos tocan a todas”, porque “no seré una mujer libre mientras siga habiendo mujeres sometidas”.

Y fui con otras mujeres jóvenes, cristianas y feministas. Fue curioso. Pese a vivir en la misma ciudad, no solemos hacer muchos planes juntas. Pero este plan sí lo merecía. De nuevo, ese “algo especial” nos llamó a ir juntas. La sensibilidad y el compromiso social que necesariamente tenemos como cristianas hizo que, como no podía ser de otra forma, saliésemos a la calle.

Mientras andaba, recordaba a la chica que me encontré aquella noche en Oviedo y cada paso cobraba más sentido. En aquel paseo éramos solo dos, pero teníamos la fuerza de las miles que fuimos el domingo.

“¡Basta de silencios! ¡Gritad con cien mil lenguas! Porque, por haber callado, ¡el mundo está podrido!” – Santa Catalina de Siena

Firma-Laura-Fernandez