El pasado lunes, 30 de enero, en el grupo Igande Berri de Pamplona tuvimos el lujo de contar con el hermano Pablo Zabala, un fraile dominico de procedencia navarra que ha dedicado treinta años de su vida a acompañar a los más pobres en diversas zonas de Perú, así como a mejorar sus condiciones de vida en todo lo que pudiera. A través de una sencilla exposición de fotos, y con su narración como acompañamiento, nos sumergimos de lleno en una realidad muy diferente a nuestro mundo de cada día. Descubrimos una comunidad que, con lo poco que tenía, había logrado muchísimo. También quedamos impresionados por la labor completamente entregada y desinteresada de aquel hombre que, como muchos otros, había abandonado una vida relativamente cómoda para predicar el Evangelio con su ejemplo.

No pude evitar recordar mis dos veranos de experiencia en el Campo de Trabajo del MJD. No es que me quiera comparar con una persona que ha dedicado su vida a estar con los más pobres, pero aquella charla me trajo de vuelta muchos de los sentimientos que experimenté en aquel tiempo. A decir verdad, cuando me contaron qué era el Campo, no me decidía del todo a apuntarme, yo veía el verano como ese intermedio entre un curso agobiante y otro aún peor en el que por fin puede uno descansar, despatarrarse en la cama hasta mediodía, salir de fiesta… Pero al final me animé, y, como todos los que habían pasado por la casa de Siena, descubrí que había sido una de las mejores decisiones que había podido tomar. Desde entonces el verano es más que “solo descansar”.

Es imposible para mí no recordar las mañanas en Almanjáyar, donde aquellos niños nos devolvían multiplicado por mil el cariño y la atención que les dedicábamos. Yo no siempre sabía qué hacer para entretenerles, pero al más mínimo gesto bastaba para que les alegrases el día. Cualquiera diría que los voluntarios (los maestros, como nos llamaban) les hacíamos sentir especiales, pero creo que era más al revés, que eran aquellas enormes sonrisas las que nos hacían sentir especiales a nosotros. En mi segundo año, tuve la oportunidad de hacer el voluntariado en el hospital San Juan de Dios de Granada, donde conocimos otras realidades: colaborábamos con el Banco de Alimentos, con el comedor social, visitábamos a personas enfermas… Aquel año volvíamos exhaustos a casa, pero era un cansancio reconfortante, puesto que habíamos dado lo mejor de nosotros mismos. Éramos conscientes de que no íbamos a resolver todas las injusticias del mundo en un solo día, pero poco a poco, poniendo nuestro granito de arena, ayudábamos a hacer un poco más real ese mandato de Amor que tanto nos cuesta cumplir en nuestro día a día. Muchos de nosotros hemos experimentado ese chispazo, esa alegría casi inexplicable que se experimenta cuando hay una entrega desinteresada.

Me acuerdo que uno de mis mejores amigos me dijo en una ocasión (creo que era durante unas Navidades) que a él le encantaba regalar. No he pensado mucho en esto a lo largo de mi vida, pero conforme te haces mayor empiezas a experimentar que, por mucha satisfacción que uno pueda sentir al comprobar que le han regalado algo que quería desde hace meses, eso no es nada comparado con la alegría que se siente al regalar algo a otra persona. Sin ir más lejos, diversas “cadenas” de Facebook tienen el tema del regalo como protagonista, ¿por qué? Yo creo que es porque, más allá de lo material, el regalo es entrega, es una muestra de afecto, una forma de dar una parte de nuestra alma, la mejor parte, a otra persona, por lejos que esta esté. La inmensa mayoría de la gente acaba por descubrir esta lección en algún momento de su vida. Con el tiempo nos damos cuenta de que las personas somos como una vasija que contiene un líquido. Si estamos hasta arriba de agua y queremos llenarnos de zumo, no nos queda otra que vaciarnos. Solo cuando somos capaces de quitar de nuestro interior aquello que es prescindible (nuestras comodidades, nuestros pequeños lujos innecesarios de cada día, nuestra tendencia a no salirnos de nuestras “zonas de confort”) es cuando podemos entregarnos a los demás y a Dios, y llenarnos de todo lo bueno que luchar por un mundo mejor y vivir en comunidad nos puede traer, que es mucho.

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