Hace poco tiempo fui consciente de una cosa curiosa que me ocurre: mi mente almacena y registra las cosas, los sentimientos y en especial a las personas por colores. Puede que sea una especie de “deformación profesional” porque estudié Historia del Arte y mi elemento de trabajo son los colores pero, hasta hace poco no había analizado con detenimiento esta tendencia. De alguna forma, podría decir que tengo una paleta Pantone personal en mi mente, siendo los colores el registro para clasificar las cosas.

La gente suele asociar colores a determinados sentimientos y es muy común escuchar el dicho: “todo depende del color del cristal que se mire”. Pero para mí los colores no tienen un significado único, como le ocurrirá a mucha más gente (sin olvidarnos que estamos condicionados por nuestra cultura): por ejemplo el rojo puede simbolizar la expectación y emoción ante un nuevo amor, pero también mi mente tiñe de rojo a las personas portadoras de violencia que destruyen sueños y vidas; el blanco, pese a no ser uno de mis colores predilectos, lo asocio con la luz y la paz, pero también simboliza un hospital y es sinónimo de vacío; el negro es un color de connotaciones negativas generalmente: es oscuridad, es tristeza, son nubes anunciando una tormenta… pero gracias al negro del cielo podemos observar el brillo de las estrellas desde la tierra; el color marrón se asocia con seriedad o tristeza pero, para quien conozca a algún alfarero entenderá que el marrón es el color de la vida, la antesala a la creación, el color de la matriz creadora.

Y hoy he sido plenamente consciente de esta dualidad cromática de significados. Mi color favorito es el amarillo, el color que únicamente tenía connotaciones positivas para mí y que consideraba inflexible, además de ser el color al que dedico parte de mis investigaciones; pero hoy, y por primera vez, he odiado el amarillo. Es curioso e irónico como el color que, en su esencia es vitalidad y alegría, puede convertirse al mismo tiempo en el color de la enfermedad. Durante unas horas y mirando a los ojos a mi tío, mi mente ha registrado el amarillo como símbolo inminente de la visita de la tragedia.

Durante todo el trayecto de tren Valencia-Madrid no podía quitarme ese sentimiento de amargura y de rabia: un color de vida y de muerte. Ya lo anunciaban los mayas, quienes concebían el amarillo como un color que, en su variante más pálida expresaba muerte, pero también vida en su manifestación más fecunda. Ese amarillo anunciaba un final que será un nuevo inicio, morir a la muerte para nacer a la vida; del mismo modo que las hojas amarillas de los árboles son símbolo de caducidad y fin, pero son indispensables para poder abonar el suelo y que sea fértil para continuar la vida del árbol. Preparan la tierra para que el ciclo de la vida siga y germine nueva semilla.

Esto no es un final, morimos aquí para poder vivir allí: renacer a la vida. Porque como decía Víctor Hugo, “incluso la noche más oscura terminará con la salida del sol”. Y el sol siempre se pintará de amarillo :)

Para Ángel, el ángel de nuestro camarote de los hermanos Marx

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