La siguiente carta la escribió un estudiante anónimo de filosofía hace varios lustros. La comparto porque conserva el mensaje, esencia y finalidad del mismo hoy en el año 2016. Se dirige pues -desde el foro de una revista católica- a unos lectores en su mayoría jóvenes y católicos:

“…Mis padres no se han ocupado gran cosa de mi educación religiosa. No he podido conocer a Dios más que muy vagamente, y jamás he penetrado en la intimidad del “Padre”, como vosotros decís.

Mi adolescencia ha sido extremadamente penosa, por el hecho de haber sido abandonado a mí mismo, y porque he tenido que irme resolviendo todos mis problemas, bien complicados. Y así he sido materialmente barrido por el oleaje cada vez mas fuerte del mal. Y nadie tuve que me salvara, que me ayudara. Por añadidura, el lujo en que vivo no es lo mejor para suavizar mi alma.

Al terminar mi Bachillerato comencé mis estudios de filosofía. Mi pensamiento es aún inseguro, pero noto que evoluciona claramente hacia un ‘existencialismo sartriano’(1). Vivo en un mundo de estudiantes entusiasmados por todas esas teorías. Hay entre nosotros algunos católicos, pero son de una cobardía exasperante. No sé por qué, pero se diría que ante nosotros tienen miedo de exponer sus ideas.

Peloteado de acá para allá, estoy buscando un camino, y no sé cuál. Siento en mí una radical impotencia de llegar a Dios. No me es posible admitir que Dios sea amor. Jamás podría perdonar a ese vuestro Dios lo que me ha hecho sufrir.

Admiro vuestra concepción del sufrimiento, la del catolicismo, pero no llego a hacerla mía. Me parece que todo eso está muy bien apañado; igual que se me ofrecen la Encarnación, y la Redención como bellas historias pero que no han podido ocurrir en esta tierra.

A los 20 años me encuentro con una vida que no tiene ningún objeto, ningún sentido, ningún amor.

Me pregunto si vosotros los católicos os dais bien cuenta del tesoro que poseéis. Yo querría tener un Padre como el que vosotros pretendéis tener, y querría sentirme un poco envuelto en ese amor que jamás he conocido; pero no acierto a dar el salto que me llevaría a ese vuestro Dios.

Soy orgulloso, estoy impregnado de ideas anticristianas, imbuido de concepciones materialistas, y no obstante, consciente del vacío absoluto de mi existencia. Veo que voy a la nada; pero no sé cómo podría hacer para llegar a algo.

Lo que os pido sobre todo es que hagáis un llamamiento a vuestros lectores (2) a fin de que ellos rueguen por mí, y por todos aquellos que como yo, están buscando un camino. Tal vez un día tendré yo también la dicha de unirme a ellos y rogar por otros que tendrían necesidad.”

 

Nobleza obliga. Aunque no seamos ni conscientes de ello, la honestidad intelectual es una de las virtudes que más llegamos a valorar los jóvenes. En esta carta vemos un valioso ejemplo. Una persona que lucha consigo misma; parece encontrar a Dios pero su drama es no querer aceptarlo. Es un problema existencial, como él mismo relata, que nos recuerda mucho -salvando distancias- a la búsqueda de Dios y de sentido del gran literato Miguel de Unamuno. El gran don que poseemos nosotros -los cristianos- es que partimos de una certeza vital: Cristo-Dios. Flaquezas, pesares, dudas, decepciones, desilusiones, todo tiene sentido al mirar al Señor elevado en la cruz doliente por nosotros. El mismo que resucita para abrirnos las puertas del Cielo y se abaja hasta extremo haciéndose alimento -pan vivo- para nosotros. Nuestra alegría -única y absorbente alegría que destella sobre las demás- es que nuestro llanto humano es sanado y trocado en paz. Nuestra debilidad; una alberca donde Dios nos derrama su fuerza.

Pareciera un pensamiento mágico o una fábula muy bonita, como piensa nuestro amigo estudiante, pero no. Nuestra fe no se queda suspendida en un limbo ni la mandamos de paseo en globo aerostático por el cielo. Podríamos decirle que nuestra fe católica tiene una proyección muy concreta en nuestra realidad más cotidiana, y en apariencia más liviana. Nuestro día a día, con sus pequeñas acciones, se nutren de una respuesta –¡de un tesoro!- que nos ha sido dado no para enterrarlo sino entregarlo como un don y como servicio hacia nuestro prójimo. Es entonces cuando nos deificamos -nos asemejamos a Dios- cuando vemos en el prójimo a Él mismo y le procuramos el mayor bien de todos.

Ese tesoro es el que este estudiante de filosofía parecía tantear, atisbar y sobre todo valorar. Pero cuántos conocemos como él que no terminan de aceptar su Amor incondicional. Cuántos jóvenes nos piden ayuda y gritan en su corazón con un eco de angustia vital insatisfecha. Ese joven nos ha dado una clave: no debemos avergonzarnos de nuestro tesoro. Debemos ofrecerlo con alegría. No una alegría vacua o superficial sino aquella que se enraiza y clama con silente locuacidad el testimonio y presencia de Jesús -ya no vivo yo, pues es Cristo quien vive en mi (Gal 2,20)-.

 

  1. Uno de los postulados del existencialismo de Sartre es el siguiente: “La libertad humana trae consigo los sentimientos de angustia, desamparo y desesperación”.
  2. La carta está dirigida a una Revista de temática católica.

 

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