En esta ocasión, me voy a permitir comenzar contando una historia. Imaginemos, por un momento, un muchacho que un buen día respondió bien a un ejercicio, después de ver cómo uno de sus compañeros se equivocó. A partir de ese momento, empezó a sentirse mejor que él; empezó a sentirse más valioso. Sus padres le tenían tanto cariño, por este hecho, que le hicieron pensar que había nacido para ser el número uno, el mejor de todos. Los demás destacaban en él sus cualidades, le elogiaban y le exaltaron. Se convirtió en un líder. En su grupo había que pagar el precio, inconsciente, de alabarle.

En un corro indeseable, sentados en un banco de una iglesia, se inició, aprovechando que el muchacho no estaba, la burla y la mofa. Se dijeron verdades sin amor. Y esa carencia -la del amor- excluyó de toda relación sana al muchacho, pues no pudo dar explicación de su debilidad. Heredó de otros lo que nunca se ganó y le obligaron a ignorar mundos distintos, a fuerza de construir sus relaciones con otros herederos irresponsables iguales a él. A partir de ahí, nunca emigró de sí mismo. Nació, creció y murió en sus trincheras personales, mirando siempre por encima del hombro al resto de la humanidad, siempre lejana.

Le dijeron que sentiría compasión y misericordia; que ayudaría a los demás, y se confió en lo que le decían. Dejó todo y quiso ser su salvador. No quiso nunca aprender de un maestro, y se limitó a consumir las páginas que le servían en el escritorio. Deseó, en algún que otro momento, buscar, pero el miedo a verse cómo estaba y cómo era, es decir, desnudo y pobre, le llevó a tapar su vergüenza con la primera ideología que se puso a tiro en su camino.

Corrigieron la desviación de columna que le inclinaba al prójimo, al necesitado, al excluido, al enfermo… con un aparatoso instrumento con el que siempre miraba hacia adelante. Nunca conoció la paz, ni supo darse descanso. Para él no existían compañeros con quienes colaborar, con quienes tener complicidad; sólo quiso conocer enemigos a quienes pisar y nuevas batallas competitivas en las que participar. Su sonrisa y sus carcajadas tenían siempre por objeto las debilidades de los demás; y nunca supo cómo reírse de sí mismo. La conclusión de esta historia es que convirtió su vida en un carnaval, y sin darse cuenta se disfrazó, él solito, de hipocresía.

Después de leer esto puede surgir la siguiente pregunta: ¿De quién se está hablando en esta historia? La respuesta es sencilla y compleja a la vez, ya que no se habla de nadie en concreto pero se puede estar hablando de cualquiera, dado que en cualquier ámbito de la sociedad, y en cualquier persona, se puede dar esta situación. Dicho esto, se da pie a otra cuestión. Y en la Iglesia: ¿se puede dar? La respuesta es clara; no solo se puede dar: se da. El papa Francisco, en el año que lleva como sucesor de Pedro, no se ha cansado de lanzar el grito de no al “carrerismo” dentro de la Iglesia; no a “la rivalidad, la envidia y los bandos”. El papa lo que quiere, el papa lo que implora en la Iglesia son verdaderos “artesanos de paz”.

Desde mi punto de vista, creo que están equivocados quienes compiten y piensan que su gran objetivo dentro de la Iglesia tiene que ser su forma de vivir el momento en el que conquisten el mundo, o que se acreciente su influencia en la sociedad. Y ya no digo nada de los que se auto-perciben como la avanzadilla por entregar su vida a la causa de que esta o aquella sensibilidad religiosa triunfe sobre las restantes; y también de los que anteponen los ritmos y colores de sus grupos a la común peregrinación de la Iglesia. Me da la impresión de que viven su fe como una yihad, disparando con el crucifijo y con sus obsesiones ridículas.

Creo que se puede entender perfectamente cómo se cae en esa fosa que anida en los recovecos de la competitividad. Y es que siempre es más fácil marcarse un objetivo que se puede tocar fácilmente, es decir, una meta al alcance de la mano, que sondear las profundidades de la fe. Preferimos eso, antes que dejarnos envolver por la presencia de Dios; el único antídoto contra el orgullo, contra la tentación, contra todo eso que nos impide aspirar a lo verdaderamente importante. Pero claro, es mucho más fácil sentirse realizado como cristiano atendiendo a los privilegios que conquistamos, al presunto éxito de nuestras convocatorias, al progreso y crecimiento de nuestros retablos, de nuestros encajes y oropeles… Más sencillo, sí; pero más ambiguo también. Quien se dedica a la Iglesia porque se ha aburrido de Dios, corre un grave peligro: descansar la vida en semejantes arenas movedizas.

Nadie está exento de vivir desde fuera, en lugar de hacerlo desde el interior. Nadie: ni laicos comprometidos, ni consagrados de toda especie y responsabilidad, sacerdotes, obispos y demás dignidades con mitra. Dios es una aventura y, quien no se expone a diario a buscar su rostro, desanda el camino recorrido, olvida las ternuras que le han enamorado y confunde el momento con la meta y las muletas con el andar.

Volar alto en la Iglesia (si sirve la expresión) exige liberarse y aprender a amar el silencio habitado en el que Dios se muestra. No para desentenderse del mundo, no; sino para tener algo realmente novedoso que ofrecerle. El verdadero reto, el verdadero espíritu competitivo en la Iglesia es dejar a Dios ser Dios y no sucumbir ante lo atractivo del camino convirtiéndolo en parada y fonda. El desafío verdadero es amar con intensidad este mundo hermoso y terrible por haber experimentado el amor de Dios. Por eso, tenemos que ser cómplices en esto de amar y saber renunciar a nuestras seguridades para encontrar nuestro apoyo sólo en Dios. Tenemos que dejar la competitividad a un lado y saber morir a nuestro deseo de tener, para poseer sólo la gracia y experimentarlo todo como don.

Puede que en nuestra vida en la Iglesia y como Iglesia, haya momentos, personas e instituciones que reflejen algo de la historia del principio. Esto significa que solo piensan en lo que les aporta la gloria, el poder y el honor; no piensan en otra cosa. Qué bonito sería una Iglesia inmersa en la complicidad del servicio, donde todos, desde la pluralidad de carismas, colaboraran en el proyecto de Jesús; donde todos fuéramos verdaderos “artesanos de paz”. Ahora eso sí, no queriendo quedar bien, sino poniendo el máximo cuidado de no ahogar, ni desviar la fuerza que tiene el amar cuando se hace sinceramente, de verdad, de corazón, el bien y la búsqueda de la Verdad.

<strong>Fray Ángel Fariña</strong>
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