Pasado este tiempo desde que volvimos de Siena, ahora que todo vuelve a la normalidad en nuestras vidas, tengo una sensación muy extraña. Parece un sueño, como si nada de lo que viví allí hubiese ocurrido realmente. Es como si el tiempo se hubiese paralizado durante aquellas dos semanas y se hubiese puesto en marcha de nuevo el día en que volví a Valencia, como si nunca hubiera salido de mi casa para coger un autobús rumbo a Granada.

Sin embargo algo ha cambiado, al menos en mí. Mientras despertaba de aquel “sueño” he podido pensar en cada una de las personas que he conocido, tanto en el voluntariado como en la convivencia, y he tomado conciencia realmente de lo que han sido capaces de aportar en mi vida sin apenas conocerme. No sé por dónde empezar ni cómo plasmarlo en estas líneas. No sé cómo explicar el motivo por el que quise formar parte de esta aventura. Tampoco sé exactamente en qué momento lo decidí. El caso es que todos llegamos allí por razones diversas, seguramente de carácter personal, pero tenían en común un objetivo aparentemente importante: desconectar. ¿Desconectar de qué? Puede que de esas razones que nos llevaron allí, de la rutina, de los problemas, del trabajo, del ambiente que acostumbramos a tener a nuestro alrededor… ¿Lo logramos? No exactamente.

Para nuestra sorpresa resulta que aprendimos a CONECTAR y a AMAR cada situación que se nos planteara por muy complicada o conflictiva que fuera, porque aprendimos que allí estaba Dios. Supimos encontrar la felicidad en la felicidad de los demás. De esta forma creo que todos nosotros recargamos pilas para volver a la vida que nos esperaba en nuestras ciudades, a nuestra realidad personal y a conectar con ella también. La cuestión es que después de habernos involucrado en los distintos voluntariados, cada cual con una realidad social impactante en muchos casos ignorada y que invita siempre a la reflexión de quien se enfrenta a ella, que envuelve a personas de diferentes edades, sexos y nacionalidades (pero al fin y al cabo PERSONAS), hemos sido capaces de valorar muchísimo más todo lo que dejamos atrás en nuestros hogares. Así pues, quizá (y digo “quizá” por decir algo), aquello de lo que “huíamos” y de lo que queríamos desconectar no es ni mínimamente peor que lo que conocimos allí.

Sé que a cualquiera de nosotros, al comenzar los voluntariados, lo primero que se nos pasó por la cabeza fue: “¿Qué puedo hacer yo por estas personas?”. Era una sensación un tanto extraña, una mezcla entre inseguridad e inutilidad que, con el paso de los días, fue desapareciendo. Sabemos que no podemos transformar la vida de nadie y mucho menos en dos semanas a media jornada, pero al menos yo tuve la sensación de que si no hacía mi labor allí, por mínima que fuera, se crearía como un pequeño vacío que yo misma tenía la necesidad llenar solamente con mi presencia. Cuando sentí esto supe que lo mínimo que yo pudiese hacer, allí era elevado al máximo exponente y, día tras día, recibía de aquellas personas muchísimo más de lo que yo sería nunca capaz de darles. Diciendo esto sé que no hablo solo por mí, sino que estoy siendo la voz de las 35 personas que lo compartimos todo durante esos 15 maravillosos días. Aunque nos separen tantos kilómetros, descubrimos que no somos tan diferentes, pues anhelamos lo mismo: conectar con nosotros mismos, con los demás, con Dios… y esas conexiones son las que nos hacen realmente felices, sentir que somos necesarios para el bien del otro, saber que “Yo soy porque nosotros somos”.

Sin duda alguna me he sentido acogida en una gran familia. “El Campo de trabajo es una experiencia que os cambiará la vida” nos dijeron el primer día, y yo subestimé esas palabras. Pues bien, ahora soy yo la que lo dice y afirma rotundamente. La cambia a todos niveles y es una experiencia que recomendaría a todo el mundo, sobre todo a todo aquel que desee desconectar de algo, porque no volverá a desearlo más.

Gracias a todos los que habéis hecho que yo abra los ojos y el corazón para poder ver y sentir todo esto que acabo de escribir. Gracias por cada tarde en Siena, por cada taller (siempre curradísimo, por cierto), por cada despertar, por cada comida, merienda y cena, por cada canción, por cada oración, por cada sonrisa, por cada lágrima, por cada abrazo, por cada mirada, por cada gesto… Gracias por hacer de Siena 2014 una experiencia inolvidable para mí.

“…DONDE EL CORAZÓN TE MUEVA Y LLEVE PERATA”

 

<strong>Gemma Lerma</strong>
Gemma Lerma