Te das cuenta de que eres un poco más vieja cuando reconoces que un adolescente todavía no tiene miedo de decir lo que piensa, porque aún esconde algún rasgo de niñez, aunque sea debajo de la raya del ojo o del primerizo vello del bigote. Todos los jueves cuando me reúno con mis catecúmenos experimento esa sensación de incertidumbre ante las posibles preguntas que rondan por sus cabezas después de cinco horas de clase.

Admiro la naturalidad con la que se plantean temas de actualidad como puede ser, por ejemplo, el matrimonio entre homosexuales, el divorcio, el maltrato, las desigualdades sociales o los casos de pedofilia dentro de la Iglesia. Cuando empiezan a debatir entre ellos, por un lado, sonrío para mis adentros, porque me doy cuenta de que en su interior se despierta el interés por temas polémicos y la necesidad de reflexionar acerca de ellos, en definitiva, de algún modo u otro con sus meras intervenciones espontáneas responden a todos esos politiquillos, sociólogos o profesores que dicen que los jóvenes no piensan, ni tienen ganas de cambiar el mundo, porque solo se dedican a las redes sociales y al botellón. Y como una ya empieza a hartarse de escuchar tantas generalizaciones absurdas, cuando mis catecúmenos debaten aunque sea a grito pelao acabo aplaudiendo. Por otro lado, en algunas ocasiones temo que me pregunten y me dejen con la boca cerrada.

Uno de esos jueves en los que intentábamos configurar el proyecto de vida de cada uno y su relación con el proyecto de vida de Jesús, tuvieron que «defender» en grupo las diferentes formas de vivir la Fe. El caso es que se les ocurrió plantear el tema de las riquezas de la Iglesia. Sabía que era un tema polémico y que se convertiría en una gran espiral que ni yo podría resolver, pero me interesaba saber lo que pensaban. Proponían vender todos los bienes, como si de una gran subasta se tratase, porque así podían recaudar unos cuantos mil millones de euros y repartirlos entre los más necesitados. Les decía que aquello resultaba muy utópico y les pregunté si de esa forma se acabaría la pobreza en el mundo, si la solución era venderlo todo y repartirlo.

Entones me vino a la mente una de las frases que ocupó muchos titulares días después del nombramiento del Papa Francisco: «Quiero una Iglesia pobre para los pobres». Aquella frase pronunciada— pero no explicada— creo que tiene diversas lecturas. Intenté que relacionáramos esa frase con la inquietud que ellos mostraban por plantear posibles soluciones para acabar con la pobreza y la necesidad de construir una Iglesia dada al otro. Ojalá los problemas de este mundo se solucionaran vendiendo arte o repartiendo el dinero de los ricos para dárselo a los pobres, creo que va más allá, y que tiene que empezar por una conversión del corazón.

Entre todos consideramos que podíamos entender «pobreza» desde el punto de vista material, de este modo deberíamos de reivindicar la necesidad de una Iglesia que se aleje de las riquezas innecesarias, que se vuelque en los países subdesarrollados que se conviertan en voz de denuncia ante todas las injusticias sociales, como una puesta en escena de las lecturas del Evangelio; que acoja y ame sin odio a enfermos, pecadores, presos, prostitutas, hambrientos. Por otro lado, luchar contra la pobreza espiritual, una Iglesia, donde cada uno tuviera como misión acercarse a Dios, no rechazar su amor. Como cristianos deberíamos de anunciar que más allá del pecado está el perdón gratuito de Dios.

En definitiva, todos teníamos claro que las desigualdades sociales deberían de ser uno de los temas a los que la Iglesia debería de dedicar tiempo. Creo que es necesario hablar de cuestiones sociales, es obvio que los asuntos teológicos son relevantes, pero las personas que forman la Iglesia, los jóvenes qué se preguntan por la pobreza y que buscan soluciones, necesitan ver una implicación, un cambio, una Iglesia «joven» que rompa con todo el pasado y se adapte al presente.

Creo que todos deberíamos de apostar por nosotros los jóvenes que seguimos un camino que muchas veces se expone a crítica, necesitamos que se nos oiga dentro de la Iglesia, todo el mundo dice que somos el futuro pero pocos se ofrecen a escucharnos. Otra de las frases que ocuparon titulares fue: «¡Juéguense la vida por grandes ideales!» (El Papa a los jóvenes). Y esto fue lo que les quise decir al acabar la catequesis; que se jugarán la vida por todo aquello que creían y quisieran defender, que hablaran, no tuvieran miedo de pronunciarse, de ir en contra de todo aquello que les parezca injusto: muchas veces los grandes problemas empiezan a encontrar una solución cuando cada uno se plantea alcanzar pequeñas metas.

 

 

<b>Teresa Donderis</b>
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