El primer regalo de Navidad nadie lo envolvió, ni le hizo reverencias, no fue comprado por Internet, ni en comercio alguno… Fue algo muy sencillo, un don sagrado.

No fue oro, ni incienso, ni tampoco mirra… fue un regalo de amor, de vida, de paz y de esperanza. “Porque tanto amó Dios al mundo que nos dio a su único hijo“.

¡Ya no hay que esperar más! La promesa de salvación se hace realidad y ya está presente entre nosotros. El amor y la misericordia de Dios padre se encarnan en Jesús. Ese niño que nace es la promesa cumplida, la esperanza cierta de que la salvación es posible. La nuestra, la del mundo, la de cada persona… Pero no podemos olvidar que las personas somos instrumentos de Dios en este mundo y debemos actuar como tal.

Los sabios de oriente traían como regalo oro, incienso y mirra en sus manos. ¿Y nosotros, qué traemos en las nuestras? ¿Qué tenemos para ofrecer y ser parte activa de esta salvación, para hacer realidad la misericordia de Dios en el día a día, para ser constructores de un Reino cuyo Rey ya está presente aquí y ahora?

De las cartas de Pablo:

A cada uno de nosotros, se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo. Constituyó a unos apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas y a otros pastores y doctores. Capacita así a los creyentes para la tarea del ministerio y para construir el Reino. (Ef 4).

 A cada cual se le concede la manifestación del Espíritu para el bien de todos. Porque a uno el Espíritu lo capacita para hablar con sabiduría, mientras a otro le otorga un profundo conocimiento. Este mismo Espíritu concede a uno el don de la fe, a otro el carisma de curar enfermedades, a otro el poder de realizar milagros, a otro el hablar en nombre de Dios, a otro el distinguir entre espíritus falsos y verdaderos, a otro el hablar un lenguaje misterioso y a otro el don de interpretar ese lenguaje.(1Cor 12).

 Puesto que tenemos dones diferentes, según la gracia que Dios nos ha confiado, el que habla en nombre de Dios, hágalo de acuerdo con la fe; el que sirve, entréguese al servicio; el que enseña, a la enseñanza; el que exhorta, a la exhortación; el que ayuda, hágalo con generosidad; el que atiende, con solicitud; el que practica la misericordia, con alegría. (Rom 12)

 Al igual que aquellos Magos, nosotros tenemos dones para ofrecer a Dios y poner al servicio de los demás. Dones y capacidades que Dios nos ha dado para poner en práctica su misericordia con los que más lo necesitan. Gente cercana o más lejana que necesita de nosotros. “Puesto que tenemos dones diferentes, según la gracia que Dios nos ha confiado” pongámoslos en práctica sin demora. ¿Cuáles son mis dones?, ¿Qué voy a poner a los pies del recién nacido en esta Navidad?, ¿ Qué quiero regalar y poner al servicio del mundo?

Somos las manos, los pies, la boca de Dios para ser constructores de su Reino, mensajeros de su Palabra y testigos de su Misericordia en este mundo. Pero nada podríamos hacer si no nos apoyamos en su espíritu y en su corazón. Somos medio a través del cual Él actúa. Debemos poner la mirada en el que sufre pero también en quien nos da la fuerza para poder ayudar. Contemplar al recién nacido, él es la Navidad, él es el regalo. Contemplar a nuestra esperanza y salvación.

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