Hace días que el aire es más limpio y las calles más solitarias. He visto por internet que Venecia está preciosa, el agua se ha vuelto turquesa y los peces se han convertido en los dueños de los canales. Llevamos unos cuantos días confinados y los periodistas me resultan cada vez más pesados, todos repiten el mismo mensaje: el mundo se detiene y la economía va hacia abajo.

Por la mañana, me asomo al balcón y no pasa nadie, parece que a lo lejos vislumbro a un hombre con su perro y me entran unas ganas terribles de saludarle. Me extraño de mí misma, porque no sé quién es el hombre ni el perro.

Para no caer en depresión he seguido todos los consejos de los psicólogos. Así que sigo mi rutina: leo, hago —algo— de ejercicio, sigo con mi trabajo, aunque esta vez la pizarra se haya transformado en una pantalla de ordenador, hablo con mi pareja, mantengo contacto con mis amigas y estoy viendo más películas con mis padres que en 27 años juntos.

Durante este confinamiento he leído más de veinte veces el eslogan de «yo me quedo en casa». Claro, nos quedamos en casa quienes podemos. Quienes tenemos la oportunidad de hacerlo, porque tenemos una casa y porque nuestro trabajo nos lo permite. Pienso en todas las personas que están obligadas a ir a su trabajo o en las que no tienen un hogar y que, por tanto, la frase famosa de estos días pierde casi el sentido.

Por la tarde, mi padre y yo hablamos sobre las personas que están perdiendo el trabajo, sobre las que estos días tienen que enviar los documentos para recibir alguna ayuda. Mi padre —que ahora ya está jubilado— toda su vida ha sido autónomo y sé que se pone en el lugar de esas personas. Él, que no es nativo digital, se pregunta cómo estarán rellenando los formularios todas esas personas que no entienden de tecnología o que no tienen ordenador en casa. Los recursos con los que cuenta cada uno son también una forma de exclusión social. 

Por la noche, conecto con Endavant para comentar la película que hemos visto estos días: I, Daniel Blake. Y, aunque, de primeras, la elección no tuvo nada que ver con lo que estamos viviendo, encontramos muchas relaciones. En el filme se denuncia el maltrato burocrático que sufren las personas en riesgo de exclusión social, se cuestiona si la administración escucha realmente los problemas de las personas o se ampara en normas. Problemas que empiezan ya a aflorar con la situación que estamos viviendo.

Juntos, como comunidad, reflexionamos sobre cuál es nuestra postura ante situaciones en las que las personas se quedan en los márgenes, porque no tienen recursos. Nos preguntamos qué hacemos nosotros como cristianos cuando se excluye a una persona. ¿Vamos todos en la misma barca? Compartimos vivencias, situaciones, opiniones… Alguien comenta que ahora una llamada, escuchar al otro, es un cuidado muy valioso.

Termino el día pensando en que soy una afortunada y doy gracias a Dios. Soy privilegiada por tener casa, por no haber perdido el trabajo, por tener un plato de comida cada día, por estar con mi familia, por tener un ordenador, un móvil que me permite seguir conectada al mundo, a lo que pasa ahí fuera, mientras «yo me quedo (porque puedo) en casa».

Firma-Teresa-Donderis