La del amor, la de la muerte, la de la vida: con esas tres heridas, Miguel Hernández nos anunciaba en su conocido poema la llegada de alguien.

Es un canto universal, transversalmente humano: para cada hombre y mujer de cada época y lugar. Por ello tiene una especial importancia que el mensaje de este triduo pascual responda, entronque, ilumine desde el Misterio de Jesucristo, a cada uno de estos tres misterios que el poeta llamaba “heridas” y que son balcones luminosos, curativos, hermanadores.

La del amor. El Jueves Santo es el día del amor. Todo lo que vendrá a continuación es causado por el amor. Jesús manifiesta en la cena última con sus amigos que es él quien entrega libre y voluntariamente su vida. ¿Qué significa esto? Significa que su muerte en cruz no va a ser algo accidental. Tampoco una forma de despreciar la vida. Ni siquiera un acto heroico, no. Se trata de la consecuencia de una forma de existir. La consecuencia de una decisión de amar y una obediencia al Padre que lo envió al mundo para anunciar un reino cuyos valores han entrado en claro conflicto con lo valores de este mundo: con la visión religiosa que excluye, condena o carga fardos de preceptos externos sin cambiar el corazón, y con la visión de los poderes que someten, explotan y violentan a los demás a beneficio de sus propios intereses. Jesús va a morir porque ha vivido entregando, arriesgando su persona. No por temeridad, sino por coherencia con lo que ha predicado. Va a llevar hasta el final la donación de sí mismo y no es ignorante de las consecuencias. Por eso en la última cena quiere expresar que su vida está al servicio de los demás pase lo que pase (lavatorio de los pies) y que su entera persona está dada, repartida, para alimentar el espíritu y la existencia de los otros (fracción del pan, institución de la Eucaristía). Día del amor supremo que revela a creyentes y no creyentes cómo el sentido de la vida se encuentra en entregarse a los demás, en amar con contenido y consecuencias reales.

La de la muerte. Es la herida que mata, la de la cruz. Una herida no intencionalmente buscada, pero tan real como el nacer mismo. La muerte forma parte de la existencia de todos los seres humanos de ayer y de mañana. Ante ella nos desesperamos, nos revelamos, lloramos. Y es natural, porque Dios mismo no quiso la muerte cuando creó al ser humano. La muerte es un desorden y, por tanto, ha de ser vencida por el Dios que no quiere la muerte de sus hijos. Pero la manera en que Jesús va a enfrentarse al morir no es externa, como si no le afectara, como si Jesús no fuera en su humanidad como nosotros, como si tuviera privilegios. ¿De qué nos habría servido entonces a los seres humanos? Por ello su manera de vencerla es entrando en ella, en la experiencia y realidad de la muerte. Como un antídoto que se introduce en el núcleo del mal, del mal mortal, y lo vence y destruye desde dentro de él. En efecto: Jesús muere realmente, con una muerte atroz y vergonzosa, injusta y dolorosa, para salir de ella triunfante. Para decirnos que quien muere por amor sale de la muerte por el poder del amor de Dios que ama más allá de la muerte. Por eso su cruz, el significado de la cruz cristiana, viene a decirnos que el amor puede destruir la muerte, que la esperanza destruye al temor. Que, por muy victoriosa que parezca la victoria del mal, la Vida es infinitamente más poderosa porque el amor del Padre, que resucita a Jesús, es un amor a cuyo lado los poderes destructivos de este mundo tienen los días contados.

La de la vida. Así es: las personas estamos marcadas por el signo -que el poeta Miguel Hernández llamaba herida- de la vida, de la llamada a vivir, del deseo de vivir. Y no una vida cualquiera, ni siquiera tan solo una vida temporal, sino una vida eterna. Por eso la resurrección de Jesús no solo significa una vuelta a la vida que se tenía, sino la participación de nuestro ser y nuestra persona en la inmortalidad de Dios por medio de esa puerta que Jesús ha abierto para nosotros con su resurrección. La vida y la persona, que entregó con una libertad absoluta y un amor sin vuelta atrás, desemboca en el Domingo de resurrección en una alegría como no la ha habido nunca, una alegría también sin retorno, que da sentido y luz incluso a las pequeñas o grandes muertes de cada día. La resurrección de Jesucristo funda nuestra fe. Pero es también un faro, un radiante faro, una hoguera inextinguible de luz, para aquellos que buscan la vida verdadera, que aman vivir, que buscan sentido a su existencia, que no se resignan a los males e injusticias que matan. Un faro de luz para quienes, sin conocer a Cristo, lo buscan sin saberlo o sin haberlo hecho consciente. Por ello la resurrección es la esperanza de la humanidad, del cosmos. Tuya, mía: el aleluya de la tierra.

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