Si supierais la cantidad de gente que me ha pedido explicaciones sobre por qué Frozen es una de mis películas, probablemente no os escandalizaríais. Es por esto que vengo a hablaros sobre lo que se ve, y lo que no, de este cuento.

Aviso spoilers: si no has visto la película y no quieres que te la destripe, puedes dejar de leer a partir de aquí.

Frozen es la historia de dos hermanas, princesas de un reino nórdico llamado Arendelle. Elsa, la mayor, ha sido bendecida con el poder de convertir todo aquello que toca en hielo. Anna, la pequeña, ha nacido sin poderes pero engancha al público desde el primer momento con su positividad e ingenio. Sin embargo, Elsa no logra controlar sus poderes, por lo que los padres, ante el miedo de que Anna resultara herida, deciden encerrarla en su cuarto sin poder mantener contacto con su hermana, condenándola a vivir toda su adolescencia reprimida y obsesionada con mantener su don bajo control. Mientras, Anna crece sola en un mundo de fantasía y enamorada de la idea del amor, ansiando cualquier muestra de cariño.

Toda esta situación se ve agravada en el momento en el que los padres de ambas fallecen en un naufragio: Elsa (aún sin saber cómo hacer para no congelar todo lo que tiene cerca) debe asumir la responsabilidad de la corona.

Así que, de la nada, se celebra una gran fiesta de coronación en la que Anna conoce al que tiene todas las papeletas para ser el amor de su vida: un apuesto príncipe cargado de ganas de amar y ser amado. Tanto es así, que en la misma misma noche de su flechazo deciden prometerse en matrimonio.

ALEJARSE PARA ENCONTRAR A TU VERDADERO YO

Elsa, al enterarse de la decisión de su hermana, trata de explicarle los motivos por los que no debe precipitarse y comprometerse con un desconocido, pero Anna está tan convencida, que terminan discutiendo en mitad de la fiesta dando lugar a una espantosa exhibición de los poderes de la mayor. Ante el temor del pueblo, Elsa huye a la montaña para poder vivir sin miedo a dañar a nadie y dar rienda suelta a sus poderes. Es aquí donde suena la famosa y oscarizada canción “Let It Go”, un himno que ha sido tomado por numerosos colectivos debido a su mensaje liberador.

En definitiva, Elsa huye de todo aquello que le han impuesto a lo largo de su vida: las responsabilidades que nunca pidió, los protocolos de la realeza y, lo más importante, la contención de sus emociones. Huye para conocerse, para saber lo que es capaz de conseguir. Al fin y al cabo, no es más que un retiro del todo el ruido que le rodeaba para llegar a su máxima esencia.

Fotograma de la película “Frozen II”

EL VERDADERO AMOR VERDADERO

Por su parte, Anna al ver que su hermana abandona la corona, decide dejar el reino en manos de su príncipe encantador y buscarla. OJO, confía su pueblo en una persona que acaba de conocer ante la promesa de un amor eterno (ya esto nos huele regular).

Finalmente, Anna encuentra a Elsa en la montaña, e intenta convencerla de volver y asumir el reinado de Arendelle, encontrándose con una rotunda negativa y llevándose, por error, un fogonazo de hielo que va directo a su corazón. La salud de Anna comienza a deteriorarse lentamente, su cuerpo se está congelando. Tranquilos, esto tiene solución, porque un corazón congelado puede curarse con un acto de amor verdadero (la pócima mágica de Disney).

Claro, tiene a un príncipe majísimo esperándola en casa, solo tiene que volver y pedirle un beso de amor verdadero. Pero (he aquí el giro de los acontecimientos), resulta que el príncipe no está enamorado de ella, sino que solo pretendía convertirse en el dirigente de Arendelle. Así que, nos olvidamos de cualquier esperanza para Anna, ¿no?

Pues no. No contenta, recién abandonada por el que creía ser su amor verdadero y casi congelada por completo, consigue salir e interponerse entre Elsa y la espada que empuña su -no- príncipe encantador, que estaba intentando acabar con ella. Justo en ese momento, el cuerpo de Anna se termina de convertir en hielo, rompiendo la espada, salvando a su hermana. Anna dando la vida por la de su hermana, ¿a qué nos suena?

Es por esto que, finalmente, Anna se descongela, salvando a su hermana, pero también salvándose a sí misma. Porque el amor (verdadero) descongela.

Y así es cómo Disney trata de romper la antigua tradición de entender el amor como algo que solo surge de la pareja, para ponernos por delante el amor fraterno. El amor que perdona, que cobija, que alimenta, que sana. Precisamente el mismo que vino a enseñarnos Jesús con su mandato nuevo.

“Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros.”

Amar es fácil, cuando nos sentimos amados de vuelta. La cosa se complica cuando nos piden amar como ama Anna; ama a la hermana que le está quitando la vida, y aun así, la sigue amando.

Como nos amó Jesús, hasta el final. Lo difícil es amar como él amó: a los pecadores, infieles, enfermos, mendigos, apartados. A todos los que la sociedad daba de lado, incluso a los que le hicieron daño, él simplemente los amó.

Porque el amor descongela y nos descongela.

Porque eso es a lo que estamos llamados los cristianos, a amar hasta el extremo.