Llegan los días de navidad y con ellos las luces por las calles de nuestras ciudades y pueblos, la música y los cantos que asoman por las puertas de los grandes centros comerciales, los mercadillos de artesanía y motivos navideños en alguna de nuestras plazas, los belenes y nacimientos que visitaremos aprovechando alguno de estos días, las comidas y cenas familiares, etc.

Llegan los días de navidad y con ellos llega Jesús, aquel por quien celebramos estas fiestas, aunque se nos olvide y cada vez lo tengamos menos presente. Llega Jesús en la mujer humilde de Nazaret y en la pobreza de un pesebre porque no había sitio en la posada; llega Jesús al que van a adorar los más humildes, los pastores, y llega para todo el mundo, como muy bien nos recuerdan los sabios llegados de oriente.

Y nosotros, seguimos mirando al Dios que viene en las coloridas luces y en los adornos de nuestras casas; seguimos buscándolo en los atrayentes escaparates de las tiendas o en los belenes de nuestras iglesias; seguimos buscándolo al son de nuestros villancicos y en el salón de tantos hogares donde nos reunimos con nuestros familiares y nuestros seres queridos.

Pero no, quizás el Dios que nace no se encuentre en ninguno de estos sitios. Quizás nace en las personas sin hogar que pasan la noche en el cajero de algún banco o recogidos en algún albergue; quizás lo encontremos en el Mediterráneo intentando cruzar el mar sin morir en el intento; quizás tengamos que ir a buscarlo en la anciana o en el anciano que viven estos días y todos los días en soledad; quizás se nos presente en los niños abandonados, en las mujeres que sufren violencia, en las personas sin empleo que se van empobreciendo, en todas las mujeres y hombres que ven conculcados sus derechos… Sí, quizás nace en tantas personas que no tienen sitio o se ven excluidas de las “posadas” de nuestra sociedad.

Por este motivo, en estos días de navidad nos tendríamos que preguntar dónde buscamos a Dios y a qué nos invita el Dios que viene.

Si Dios llegó en la debilidad, busquémoslo en la debilidad y en los débiles de nuestro mundo. Si vino para ser uno de ellos y con ellos, seamos nosotros también uno de ellos y con ellos. Si vino para que todos tuvieran vida, seamos nosotros también vida para los demás. Para ello me invito y os invito a vivir estas cuatro actitudes:

Necesitamos tener esperanza, pero no una esperanza ciega sino aquella que se apoya en la realidad y en la confianza en Dios, porque este no se queda alegremente en su cielo y desentendido de la humanidad, sino que decide encarnarse en Jesús para ser uno de nosotros. Es un Dios que actuó y sigue actuando en nuestra historia. Y si actúa en nuestra historia todo es posible, todo puede cambiar. Él nos invita a realizar este cambio en cada uno de nosotros: “os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros” (Jn 13,34). Igualmente nos urge a invitar a los demás a vivir según los valores y estilo de vida del propio Jesús: “id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (Mc 16,15).

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Para ello es necesario vivir el compromiso. No podemos vivir verdaderamente el amor si no es en la vida misma, en la calle, con la gente. No podemos vivirlo con autenticidad si no nos ensuciamos las manos, si no se llenan nuestros pies del polvo del camino. No podemos hacerlo real en nuestra vida si nuestro corazón no se llena de rostros, de las vivencias de la gente, especialmente los más pequeños, pobres y excluidos. No podemos llamarlo de verdad amor si no nos lleva a transformar nuestra sociedad para hacerla más humana y solidaria. No olvidemos las palabras de Jesús cuando Juan le pregunta por medio de dos de sus discípulos si era él o había que esperar a otro: “Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva” (Lc 7, 22)

Esto nos lleva a la justicia. Hemos de luchar por restablecer la justicia en nuestro mundo. Eso sí, no podemos olvidar que la justicia de Jesús es un justicia traspasada de misericordia. Es la justicia que exige que se ponga en valor a la persona y a todas las personas, que se busque la integración de todos y de todas en la sociedad. Es la justicia que quiere la paz para todo el mundo, y que busca que nadie se quede sin un trabajo ni un hogar. Es la justicia que reclama los mismos derechos y deberes para todos. Es la justicia que quiere una vida y una vida digna para toda la humanidad. Por esto Jesús no se calla y nos recuerda nuestros deberes para con la justicia: “porque tuve hambre, y me distéis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y acudisteis a mí. En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 35-36.40).

Y es que la finalidad de la justicia es la vida; para esto vino Jesús al mundo, para que todos tuviéramos vida y la tuviéramos en abundancia (cf. Jn 10,10). Esto es lo que celebramos estos días, el Dios que nace en nuestro mundo y en nuestros corazones para darnos vida a nosotros y llenar de vida todo lo creado, nuestra casa común. Esto es lo que recordamos cada vez que nos acercamos a los evangelios y vemos a Jesús dando vida a los enfermos, a los excluidos, a los más pequeños y a los últimos. Esto es lo que está en el centro de nuestra fe, como podemos ver con la resurrección donde el último obstáculo para la vida, que es la muerte, queda vencida. Todos y todas estamos llamados a ser instrumentos de vida en medio de nuestro mundo. Todos y todas estamos llamados a cuidar y proteger la vida, sin muros, sin barreras, sin exclusiones.

Firma-Javier Aguilera