Antes de hablar de la relación existente entre estos términos, intentaremos definir de modo breve qué es la «espiritualidad» y qué es la «música».

Puede interpretarse la espiritualidad como el sentido que se da a las cosas. Es lo que ayuda a valorar lo esencial que une a las personas, es la manera de entender y vivir el sentido de la vida. Por otro lado, la música es el arte de combinar los sonidos, pero para este artículo se rescatará una afirmación de Robert Schumann que dice: «La música es el lenguaje que me permite comunicarme con el más allá».

Esta última afirmación es muy interesante porque para tener una experiencia espiritual, en este caso cristiana, es necesaria la comunicación personal o comunitaria con Dios, de manera consciente e integral. En este trato con Dios, el ser humano requiere de la intervención de mediadores, que pueden ser personas, acontecimientos, lugares, etc., que se incorporan a la relación personal con Dios, para oír, entender y sobre todo amar la experiencia teologal, es decir, no son meras prácticas piadosas o devocionales.

Dentro de lo cual, el papel de la música es importantísimo, porque empuja al sujeto a la actitud de trascendencia de una manera casi «natural». Inclusive, el Dr. Stefan Kölsch, músico y psicólogo, colaborador científico de la Harvard Medical School en Boston, dirá que «Al igual que con el lenguaje, no sólo los lingüistas tienen talento para el lenguaje, sino que este don está en el cerebro humano. La música es una necesidad humana»

En la experiencia de relación con Dios hay dos caras de la misma moneda: la fidelidad y la creatividad. Por un lado, ser fiel es el sustrato de toda evolución y crecimiento, para permanecer constante y libremente adherido a valores, compromisos, etc. Pero por otro lado, dicho caminar es individual e intransferible, luego necesitará de alternativas que se adecúen, dentro de la fidelidad, al caso concreto. Por eso también la música como mediación ha ido variando a lo largo de los siglos, para ser siempre canal del ser humano de su tiempo.

De ahí que la cultura, y en concreto sus expresiones musicales, deba ser incorporada a la experiencia espiritual, con el fin de desarrollar todas las dimensiones humanas (cf. GS 53).

Al hilo de lo anterior, en la música cristiana, se han identificado unas líneas que definen la música «sacra», es decir, la que es apta para la comunicación con Dios, trascendente e inefable.

La música es el lenguaje que se expresa directamente en el alma, cuyo resultado es despertar la ternura de modo eficaz y seguro. Por ello, para Santo Tomás, la música sagrada dentro del culto, al estar sometida a la liturgia, mueve con ímpetu el corazón del creyente y lo eleva a Dios.

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En la Regla del Oratorio de Felipe Neri se vislumbra una máxima que expresa de una manera cristalina lo dicho: «Musica concentu excitantur ad coelestia contemplata» (Excítense a la contemplación de las cosas celestiales mediante la música). Se le atribuye a la música la capacidad de ser «ventana a las cosas celestes», es decir, acceso a Dios.

Posteriormente también Tomás Luis de Victoria remarca la relación entre la música sagrada y la alabanza de Dios: «Espero que Dios me premiará abundantemente mis esfuerzos en escribir estos motetes, pues con ellos no pretendo más que la gloria del mismo Dios y el bien espiritual de los fieles» Además Victoria tratará de escribir su música, una estructura de sonidos vocales, limitándose a magnificar un texto litúrgico, pero no desde un punto de vista estrictamente musical y como pura ordenación de sonidos musicales, sino que es el texto lo único importante, y solo él da razón de ser y justifica la obra que el artista escribe, de no haber texto, no habría motivo para hacer ninguna obra. Desde ahí algunos han asegurado que Victoria no es «un compositor, sino un confesor, un artista, que trabaja a sueldo para la liturgia y que solo para ella y solo en razón de su existencia está justificado su trabajo»

Posteriormente, hasta el siglo XIX, la palabra del texto litúrgico servirá de fundamento a la hora de componer, queriendo adecuarse al pensamiento descrito. Por eso incluso Mozart jamás retocará lo más mínimo el texto sagrado.

En cierta manera el concilio Vaticano II (en SC 112) recogerá parte de esta tradición musical de la Iglesia, y relacionará la música sagrada principalmente al canto porque «constituye una parte necesaria o integrante de la liturgia solemne». De esta manera se sustrae otro parámetro necesario de la música espiritual: que «esté unida a la acción litúrgica, ya sea expresando con mayor delicadeza la oración o fomentando la unanimidad, ya sea enriqueciendo de mayor solemnidad los ritos sagrados»

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