¡Qué ilusión! Me han propuesto escribir la Crónica para la Pascua. (Siguiente pensamiento). A mí, que no escribo apenas y se me da fatal redactar… Madre mía…

…Seguir leyendo para el resultado final…

Me monto en el coche que me llevará a Caleruega, lugar de nacimiento de Santo Domingo de Guzmán. Voy viendo las caras de las personas con las que voy a compartir estos días tan especiales. Solo algunas son familiares. Personitas pertenecientes al MJD de diferentes partes de España se van a reunir, cada una con más o menos ganas de ir, con diferentes situaciones emocionales, pero todas con el corazón abierto a vivir al máximo estos días tan especiales para nosotros. 

Cuando llego me doy cuenta que somos un grupo bastante numeroso, ya que no solo nos reunimos los jóvenes del MJD sino también algunos más mayores que llevarán a cabo una Pascua contemplativa, además de varias familias con hijos incluidos, quienes, a pesar de su tan temprana edad, se mostraron increíblemente maduros y dispuestos a compartir sus experiencias personales.

La asignación de comunidades tiene lugar después de la cena, hay dos comunidades, cada una de 8 personas, y, por lo tanto, dos pueblos, Ciruelos (el mejor) y Tubilla del Lago (aunque realmente la vida la hacían en Santa María de Mercadillo).  Y esa misma noche se nos dio la oportunidad de conocer a las monjas quienes nos acogieron con los brazos muy abiertos y unas sonrisas entrañables.

(Vale Leyre te enrollas como una persiana, al grano…)

…Ninguna manera mejor de empezar el día que con una breve oración en el coche de camino a Caleruega, siempre con el símbolo de esta Pascua presente, la cruz colgada en el retrovisor del coche. 

Enriquecedores y muy diversos talleres se llevaban a cabo cada mañana, en cada uno de ellos podíamos apreciar la esencia de las personas que lo organizaban. Empezando por Alex (Espiga), encargado del taller del Jueves Santo en el que, basándose en la historia y la razón, nos mostró la importancia de la simbología, sobre todo en el análisis de este día tan especial, el de La última cena. Poniendo énfasis en el lavado de pies de Jesús a sus discípulos en el cual Él se arrodilla ante ellos diciéndoles/diciéndonos: “también vosotros debéis lavaros los pies los unos a los otros”

Si bien el taller del viernes con Fr. Solórzano pudo ser un tanto abrumador debido a la diversidad de su contenido, creo que todos podemos estar de acuerdo en una cosa: “Él nos quiere agrietados, Él entra a través de nuestras grietas. Dejemos que la luz pase”. Qué bonito es cuando realmente interiorizas estas palabras, abres los ojos como nunca antes lo habías hecho, te sientes querido/a. ¡Que alegría más profunda invade tu cuerpo!

Pero esto no termina aquí, llega el taller del Sábado Santo. Preparado por las familias en este caso. Al ser un día de luto por la muerte de Jesús, nos centramos en revivir estos sentimientos tan comunes en nuestras vidas, como son el abandono, la tristeza, la frustración, el silencio de Dios… Fue un momento de compartir, pero sobre todo de darnos cuenta de que la persona que está a nuestro lado también ha sufrido, también se ha sentido sola/o, abandonado/a por Dios…

Talleres sumamente intensos y gratificantes, cuanto menos. Si bien, creo que nadie olvidará la noche del Viernes Santo, momento de penitencia en el lugar más mágico del convento, el coro. Un ambiente idóneo y sumamente envolvente, favorecido por nuestros guitarristas y cantantes favoritos, Pablo (El Canto del Gallo) y Alex (Espiga). Nada como mirar al techo y ver la luz entrar por esa cristalera tan bonita. Tanto Félix como Vicente tuvieron la mayor paciencia del mundo y pusieron toda su atención y oídos en nuestras palabras en el momento del perdón. Personalmente, fue el abrazo más caluroso y verdadero que nunca había recibido…

Si bien el sábado empezó con alguna que otra lagrima y sentimientos encontrados, no faltó una buena fiesta, risas y perreo hasta el suelo.

Y aunque el despertar del domingo se hizo un poco duro, lo realmente duro, y con gran diferencia, fue la despedida de después de comer… Nunca me había sentido igual, esa tristeza de la despedida, aún sabiendo que realmente es un hasta luego, pero a la vez la felicidad del sentimiento de plenitud, de sentirte curada y con unas increíbles ganas de comerte el mundo. Haber conocido a personas tan maravillosas, llenas de luz y a través de las cuales Jesús me saluda y me regala las sonrisas más hermosas y sinceras.

Solo me queda dar las gracias por haberme dado la oportunidad de ser, de sentirme querida y, sobre todo, por haber hecho que sintiese a Dios más cerca que nunca. Y, por supuesto, gracias a las personas que han organizado tan sumamente bien esta vuelta a EMAUS. 

Un besazo lleno de amor y de ganas de veros.